Metis. Journal of Strategic Autonomy and International Studies | nº 1 [2026] [ISSN 3127-711X]
DOI: https://doi.org/10.14422/metis.i01.y2026.004
América Latina y los BRICS: ¿Quo Vadis?

Latin America and the BRICS: Quo Vadis?
Autores
Resumen

Los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) se han consolidado como un bloque económico y político que busca redefinir la gobernanza global y ofrecer alternativas al orden internacional dominado por Occidente. En América Latina, su influencia se manifiesta principalmente a través de Brasil, que ha impulsado una política exterior orientada a la autonomía frente a Estados Unidos y Europa. Varios países del continente han mostrado interés en estrechar vínculos con el BRICS, para diversificar alianzas y acceder a financiamiento del Nuevo Banco de Desarrollo. El artículo tiene como objetivo analizar las oportunidades y desafíos de esta relación, especialmente en infraestructura, transición energética y diversificación de alianzas. Asimismo, evalúa el dilema estratégico de la región en un mundo multipolar: alinearse con los BRICS ampliado o mantener una postura pragmática. La hipótesis sostiene que esta aproximación puede fortalecer la autonomía regional si se acompaña de consensos internos e institucionales.

The BRICS (Brazil, Russia, India, China, and South Africa) have consolidated as an economic and political bloc seeking to redefine global governance and offer alternatives to the international order dominated by the West. In Latin America, their influence is mainly expressed through Brazil, which has promoted a foreign policy oriented toward autonomy vis-à-vis the United States and Europe. Several countries in the region have shown interest in strengthening ties with BRICS, aiming to diversify alliances and access financing from the New Development Bank. The article seeks to analyze the opportunities and challenges of this relationship, particularly in infrastructure, energy transition, and diversification of alliances. It also evaluates the region’s strategic dilemma in a multipolar world: aligning with the expanded BRICS or maintaining a pragmatic stance. The hypothesis argues that this approach can strengthen regional autonomy if accompanied by internal and institutional consensus, thereby avoiding asymmetric relations and enhancing Latin America’s role in global politics.

Key words

BRICS; desarrollo; cooperación

BRICS; development; cooperation

Fechas
Recibido: 24/03/2026. Aceptado: 12/06/2026

1. Introducción

Los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) han emergido en las últimas dos décadas como un bloque económico y político que busca reconfigurar la gobernanza global y ofrecer alternativas al orden internacional dominado por Occidente. Su consolidación responde a una dinámica histórica marcada por el ascenso de economías emergentes y la progresiva erosión de la hegemonía unipolar estadounidense posterior a la Guerra Fría. En este contexto, los BRICS se presentan como un espacio de cooperación Sur-Sur, destinado a visibilizar las demandas del mundo en desarrollo y a cuestionar las estructuras tradicionales de poder que han regido la economía y la política internacional desde mediados del siglo XX.

En este sentido, se puede afirmar que el BRICS nació no solo de los propósitos de las potencias que lo integran, sino también de un concepto financiero convertido en proyecto político, impulsado por el crecimiento de las economías emergentes y por la necesidad de reconfigurar la gobernanza global hacia un orden más multipolar. Su origen está tanto en la lógica de poder de los Estados miembros como en una dinámica estructural que buscaba dar voz a regiones históricamente marginadas en la toma de decisiones internacionales (O’Neill, 2001).

En América Latina, la influencia de los BRICS se ha manifestado principalmente a través de Brasil, miembro fundador y articulador regional, cuya política exterior ha buscado proyectar autonomía frente a Estados Unidos y Europa. Otros países como Argentina, Colombia, Venezuela, Bolivia y Cuba han expresado interés en integrarse o estrechar vínculos con el bloque, motivados por la necesidad de diversificar sus alianzas estratégicas y acceder a nuevas fuentes de financiamiento. Hasta ahora, la relación se ha materializado en proyectos impulsados por el New Development Bank (NDB) y en un incremento sostenido del comercio con China e India, lo que ha permitido diversificar socios y reducir la dependencia de los mercados tradicionales. Sin embargo, persisten desafíos estructurales, como la fragmentación política latinoamericana y el riesgo de reproducir relaciones asimétricas, especialmente en el vínculo con China, que concentra gran parte del intercambio comercial.

De cara al futuro, la región enfrenta la oportunidad de potenciar su desarrollo mediante una cooperación más estrecha en el marco del BRICS ampliado, especialmente en áreas estratégicas como infraestructura, transición energética y ampliación del acceso a mercados emergentes. La cuestión central que se plantea es si América Latina se inclinará de manera decisiva hacia un mayor alineamiento con el bloque ampliado y sus propuestas, o si continuará adoptando una postura más pragmática y equilibrada entre distintos polos de poder global. Este dilema estratégico refleja una tensión de largo alcance: por un lado, la integración más estrecha con el BRICS ampliado podría otorgar acceso a nuevas fuentes de financiamiento, mercados emergentes y una voz más fuerte en la gobernanza internacional; por otro, mantener una política de equilibrio permitiría preservar relaciones tradicionales con Estados Unidos y Europa, evitando una dependencia excesiva de un solo bloque.

El debate se intensifica en un contexto de transición hacia un orden multipolar, donde la región debe decidir si apuesta por una redefinición de su papel en el sistema internacional o si opta por una estrategia de diversificación que maximice beneficios sin comprometer su autonomía. En este sentido, el futuro de América Latina dependerá de su capacidad para articular consensos internos, fortalecer sus instituciones regionales y negociar de manera inteligente con los distintos centros de poder. Transformar la tensión entre alineamiento y pragmatismo en una oportunidad estratégica será crucial para consolidar su protagonismo en la política global y evitar que la región quede relegada a un papel periférico en la nueva arquitectura internacional.

La autonomía en la tradición latinoamericana se concibe como la capacidad de los Estados periféricos para ampliar su margen de decisión dentro de un sistema internacional desigual, sin confundirse con independencia absoluta ni aislamiento ha tenido diferentes enfoques teóricos, que han abordado desde distintas perspectivas teóricas el tema. Puig (1980, 1984) propone la “autonomía heterodoxa”, que busca proyectos nacionales propios y alianzas diversificadas; Jaguaribe (1979, 2013) la entiende como un proceso contextual que combina capacidades internas y oportunidades externas; mientras que Carlos Escudé (1992, 2009, 2012), con su realismo periférico, plantea que la política exterior debe subordinarse al bienestar ciudadano y al desarrollo socioeconómico, evitando confrontaciones costosas y reservando la autonomía para situaciones de interés material concreto. Ejemplos como el “Pragmatismo Ecuménico y Responsable” de Brasil y el “pragmatismo principista” de México muestran cómo se combinan intereses materiales con principios normativos. En síntesis, la autonomía aparece como horizonte estratégico de largo plazo, y el pragmatismo como método flexible para gestionar restricciones, configurando el dilema latinoamericano frente a potencias y bloques como los BRICS.

Cabe subrayar que el análisis no asume al BRICS ni a América Latina como actores homogéneos o unitarios. En ambos casos, la heterogeneidad interna, expresada en diferencias de capacidades materiales, regímenes político-institucionales, niveles de desarrollo y orientaciones de política exterior, constituye un elemento analítico central. Al interior de los BRICS, la posición estructural de China, en términos de peso económico, proyección financiera y capacidades tecnológicas, difiere cualitativamente de la de los demás miembros, lo que condiciona tanto los alcances como los límites de la convergencia intrabloque. En América Latina, por su parte, la fragmentación política, la alternancia de orientaciones según los ciclos electorales y la diversidad de estrategias de inserción internacional dificultan la construcción de posiciones comunes y estrategias coordinadas en la gobernanza global.

Este artículo se organiza en tres secciones principales, además de la introducción y las conclusiones, con el propósito de ofrecer una visión integral del tema. En la sección 2 se examina la evolución del BRICS y su reciente ampliación, subrayando cómo este proceso contribuye a una nueva reconfiguración del orden global y a la emergencia de dinámicas alternativas frente a las estructuras tradicionales de poder. La sección 3 se centra en la relación entre los BRICS y América Latina, destacando tanto las oportunidades de cooperación como las tensiones derivadas de la interacción con socios históricos y la consolidación de alianzas emergentes. Posteriormente, en la sección 4 se aborda el dilema estratégico que enfrenta América Latina en un escenario multipolar, marcado por la necesidad de definir con claridad su posición entre la continuidad de vínculos tradicionales y la apertura hacia nuevas dinámicas internacionales. Finalmente, las conclusiones sintetizan los principales hallazgos y reflexiones, ofreciendo directrices para comprender los desafíos y las posibilidades que se abren para la región en el marco de un sistema internacional en transformación.

2. El BRICS y el BRICS ampliado: la nueva reconfiguración del orden global

El BRICS representa una alianza transregional en el ámbito geopolítico, conformada en sus orígenes por las potencias emergentes de Brasil, Rusia, India y China. El acrónimo surgió en 2001, cuando el economista Jim O'Neill, del grupo financiero Goldman Sachs, lo referenció en un informe que enfatizaba las oportunidades de inversión en países en desarrollo con grandes poblaciones, economías en rápido crecimiento, liderazgo regional y creciente influencia geopolítica (Mendonça et al., 2025).

La crisis financiera de 2008, con epicentro en Estados Unidos, evidenció el desajuste entre la estatura de las economías del entonces BRIC y sus respectivas representaciones en las instituciones de gobernanza económica internacional, tradicionalmente dominadas por las potencias occidentales. A pesar de diferenciarse en términos culturales, políticos y demográficos, los países del BRIC compartían la aspiración de transitar de la posición de "tomadores de reglas" a "formuladores de reglas" (Duggan y Azalia, 2020).

La primera cumbre de jefes de Estado tuvo lugar en 2009, en Rusia, ocasión en la que se enfatizó el compromiso común de “avanzar en la reforma de las instituciones financieras internacionales” y de conferir a las economías emergentes y en desarrollo “mayor voz y representación” en la arquitectura financiera internacional, particularmente en el Fondo Monetario Internacional (FMI) y en el Banco Mundial (BRICS, 2009). Durante la Cumbre de Sanya, en 2011, se decidió la inclusión de Sudáfrica, conformando el grupo BRICS y ampliando su alcance regional (Gennari et al., 2024). Desde entonces, el bloque ha proyectado una identidad como contrapeso frente a instituciones dominadas por Estados Unidos y Europa, en un contexto de transición hacia un sistema multipolar y de creciente demanda por cooperación Sur-Sur (Cesarín y Guerrero, 2022).

La narrativa central de los BRICS se articula en torno a la multipolaridad, entendida como la distribución del poder entre varios centros de decisión, en contraste con la hegemonía unipolar estadounidense posterior a la Guerra Fría. El bloque busca proyectarse como un espacio de cooperación Sur-Sur, capaz de ofrecer soluciones propias a los desafíos del desarrollo y de la gobernanza global (Medeiros, 2023).

Sin embargo, esta visión no está exenta de tensiones: mientras China y Rusia promueven un contrapeso directo a la influencia estadounidense, Brasil, India y Sudáfrica tienden a enfatizar la necesidad de un sistema más inclusivo y representativo. Esta diversidad interna plantea interrogantes sobre la cohesión del bloque y su capacidad de actuar como un actor unificado

La rivalidad entre India y China, marcada por disputas fronterizas, la competencia por el liderazgo del Sur Global y las divergencias en torno a la reforma del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, ilustra los límites estructurales de la cohesión intrabloque. Adicionalmente, la heterogeneidad de los regímenes políticos introduce un factor adicional de complejidad, particularmente en lo que respecta a la articulación de posiciones comunes (Carvalho, Anand y Naidu, 2025).

A esta heterogeneidad se suma una asimetría estructural asociada al peso de China, que por sí sola representa el 52 % del PIB del bloque (Afota et al., 2024). Esta asimetría se expresa en capacidades financieras diferenciadas, tanto en los volúmenes de financiamiento movilizados por los bancos de desarrollo chinos como en las inversiones directas canalizadas en el marco de la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Asimismo, China lidera las cadenas globales de energía solar, baterías y vehículos eléctricos, al tiempo que mantiene una posición relevante en infraestructura digital y telecomunicaciones (Cheng y Wang, 2023).

No obstante, estas asimetrías no han impedido que el BRICS busque influir en la gobernanza global mediante la creación de arreglos institucionales alternativos y complementarios a las instituciones tradicionales. Se destaca la creación del New Development Bank (NDB), o Banco del BRICS, durante la Cumbre de Fortaleza, en 2014. Concebido como un Banco Multilateral de Desarrollo (BMD) liderado por países no occidentales, el NDB se orienta a proyectos de infraestructura sostenible y se distingue por procedimientos más ágiles, centrados en las circunstancias nacionales y con incentivos al uso de monedas locales (Hofman y Srinivas, 2024; Duggan et al., 2022).

El NDB comenzó a operar en 2016 con un capital autorizado de US$ 100 mil millones y US$ 50 mil millones de capital suscrito, siendo cada miembro responsable del 20 % de dicho valor, totalizando US$ 10 mil millones cada uno (Gennari et al., 2024). Actualmente, todos los países del BRICS cuentan con operaciones financiadas, en áreas como tecnología e innovación y desarrollo bajo en carbono.1 Además, el banco ha incorporado a países no miembros del BRICS,2 como Bangladesh, Uruguay, Argelia, Colombia y Uzbekistán (Mendonça et al., 2025).

Establecido en la misma cumbre, el Acuerdo Contingente de Reservas (CRA) tiene entre sus finalidades asegurar recursos financieros para los países del BRICS en caso de insolvencia externa y restricciones de liquidez. Se trata de un acuerdo de apoyo mutuo consorciado entre los bancos centrales de los miembros fundadores, destinado a la liquidación de operaciones de comercio y al servicio de deuda de corto plazo, evitando la suspensión de transacciones o el impago de deudas externas (Fernandes, 2024; Mineiro, 2025).

La creación de ambas instituciones refleja el proceso de maduración institucional en el marco de la trayectoria del BRICS. Desde su primer ciclo de Cumbres, se observó el mantenimiento de encuentros regulares entre jefes de Estado y la institucionalización del diálogo multilateral. Además, los BRICS ampliaron contactos a nivel ministerial, técnico y burocrático, diversificando gradualmente su ámbito de cooperación3 e incorporando de manera creciente a actores gubernamentales y no gubernamentales en espacios de interacción y deliberación (Guerrero, 2022).

Las iniciativas llevadas a cabo por los BRICS y la profundización de la cooperación intrabloque amplían sus potenciales transformadores frente a una gobernanza global marcada por la fragmentación (Acharya, 2016) y por un estado de crisis múltiples, en las cuales se entrelazan dilemas políticos, económicos, sociales, culturales, éticos y ecológicos (Gill, 2020). En este marco, el proceso de ampliación desencadenado a partir de la Cumbre de Johannesburgo en 2023 constituye un punto de inflexión en la trayectoria del bloque, articulando una respuesta del bloque al contexto de inestabilidad sistémica y un refuerzo de su representatividad en el Sur Global (Bhowmick y Vaidya, 2025).

Actualmente, el BRICS cuenta con 11 países miembros: a los cinco originales se sumaron Arabia Saudita, Egipto, Etiopía, Emiratos Árabes Unidos, Irán e Indonesia.4 En su formación ampliada, el bloque concentra cerca del 39 % del PIB mundial, medido en paridad de poder adquisitivo (PPA), así como el 48,5 % de la población global y el 36 % del territorio del planeta.5 En el plano económico-productivo, responde por aproximadamente el 25 % del comercio internacional y el 27 % de los flujos globales de Inversión Extranjera Directa (IED), correspondiendo, además, al 33 % de la producción mundial de gas natural y al 43 % de la oferta global de petróleo (Energy Institute, 2025; Kumar et al., 2024; UNCTAD, 2024).

De acuerdo con Baumann (2025) se observa que en la actualidad:

Una serie de disputas económicas, comerciales y tecnológicas se ha intensificado, de modo que hoy es posible visualizar una división en el escenario internacional. De un lado, se encuentra un grupo cuyos actores más activos son Estados Unidos, Europa Occidental, Japón y Australia, además de otros países de menor peso; y, del otro lado, existe un conjunto de naciones atraídas, de manera centrípeta, por la evolución del BRICS. Este conjunto incluye, además de los cinco miembros originales y los seis países recientemente incorporados como miembros plenos, a diversos interesados en establecer una relación más estrecha con el bloque. Hay, por lo tanto, una apuesta en que un BRICS ampliado y fortalecido pueda operar como un ariete, generando espacio para una mayor participación de sus asociados y de otras economías emergentes (traducción nuestra).

En el cuadro 1 se puede observar la composición actual del BRICS Ampliado:

Cuadro 1. Miembros actuales del BRICS
PaísAño de ingreso
Brasil2009
Rusia2009
India2009
China2009
Sudáfrica2011
Egipto2024
Emiratos Árabes Unidos2024
Etiopía2024
Irán2024
Arabia Saudita2025
Indonesia2025
Fuente: Elaborado por los autores con informaciones de Presidência da República do Brasil (2025).

Sin embargo, tales asimetrías no inhiben el potencial geopolítico del bloque. En un contexto internacional marcado por el deterioro del multilateralismo, el retorno del proteccionismo y la intensificación de la competencia geoeconómica y geopolítica, en el que se observa el uso creciente de instrumentos de coerción, la expansión de la membresía del BRICS supera su condición de plataforma de economías emergentes y amplía sus capacidades de influencia estructural en la gobernanza global (Bhowmick y Vaidya, 2025). El bloque ofrece así a los países del Sur Global alternativas frente a las vulnerabilidades sistémicas y a los límites de una gobernanza global liderada por Occidente para atender las necesidades de desarrollo sostenible de las economías emergentes y en desarrollo (Niu, 2025).

En la dimensión comercial, el BRICS ofrece oportunidades para la diversificación de alianzas y la expansión de mercados, elementos esenciales para mitigar riesgos derivados de conflictos arancelarios, barreras unilaterales, disrupción de cadenas productivas y desmantelamiento del sistema multilateral de comercio. En paralelo, se destaca el incremento del uso de monedas locales en el comercio intra-BRICS6 y la articulación de esfuerzos para la creación de mecanismos de pago alternativos, como la Iniciativa de Pagos Transfronterizos del BRICS (BRICS Cross-Border Payments Initiative - BCBPI),7 orientada a la reducción de la dependencia respecto al dólar y la promoción de una economía mundial con contornos de multipolaridad (Bhowmick y Bardhan, 2023).

En términos de infraestructura y desarrollo productivo, el NDB se destaca como fuente de recursos de largo plazo y catalizador de nuevas inversiones, atenuando carencias de financiamiento en los países en desarrollo y miembros del BRICS (Gallagher et al., 2024; Chin, 2024). Adicionalmente, el Mecanismo de Cooperación Interbancaria (MCI) opera como instrumento para la promoción de financiamientos entre bancos de desarrollo nacionales, favoreciendo, incluso mediante el uso de monedas locales, el desarrollo de proyectos de infraestructura y de cooperación industrial (Araripe et al., 2025). Paralelamente, las inversiones directas intra-BRICS también se han expandido de manera significativa, especialmente bajo el liderazgo chino, aunque con mayor tracción de flujos bilaterales que involucran a otros miembros (Bhowmick y Vaidya, 2025).

En otras esferas, como la de la transición energética, el BRICS puede funcionar como espacio estratégico para la diversificación y modernización de los sistemas de energía, el fortalecimiento de cadenas de suministro resilientes y sustentables y la agregación de valor en renovables, minerales críticos y tecnologías bajas en carbono. La coordinación en financiamiento, inversiones e investigación y desarrollo amplía el potencial de difusión tecnológica, reducción de vulnerabilidades externas y promoción de trayectorias justas de transición, compatibilizando seguridad energética, sustentabilidad socioambiental y desarrollo económico de largo plazo (Losekann y Tavares, 2021; Yousefi et al., 2023; Gao et al., 2024; Nolasco et al., 2024).

Todas estas iniciativas reflejan la voluntad del grupo de construir instituciones paralelas que complementen y, en algunos casos desafíen, las estructuras dominadas por Occidente. No obstante, la efectividad de estas instituciones aún depende de la capacidad de los BRICS para superar sus diferencias internas y proyectar agendas coordinadas y coherentes.

3. BRICS y América Latina: tensiones entre socios tradicionales y nuevas alianzas emergentes

Después de comprender la configuración inicial del BRICS y su posterior ampliación, resulta imprescindible examinar la posición de América Latina frente al avance de este bloque. La expansión del grupo, que incorpora a nuevas potencias emergentes y consolida su papel como contrapeso a la hegemonía occidental, plantea interrogantes estratégicos para la región. América Latina, históricamente marcada por la fragmentación política y la dependencia económica de actores externos, se encuentra ante un dilema: ¿sumarse activamente a esta dinámica de cooperación Sur-Sur o mantener una postura de cautela condicionada por sus vínculos tradicionales con Estados Unidos y Europa? En este sentido, Martínez (2024) argumenta que:

El mero intento de responder estas preguntas revela una debilidad estructural que caracteriza a la región: pese a compartir lazos culturales e históricos mucho más estrechos que los que unen a los propios BRICS, América Latina no ha logrado consolidarse como un bloque unido en política internacional. Tampoco ha definido con claridad objetivos de largo plazo que orienten su inserción en un sistema mundial cada vez más competitivo y fragmentado.

Baumann (2025) subraya la complejidad de estudiar América Latina, una región marcada por una profunda diversidad interna y por características que difícilmente pueden considerarse homogéneas. Esta heterogeneidad se manifiesta en múltiples dimensiones, económicas, políticas, sociales y culturales, lo que dificulta la construcción de una visión unificada sobre su papel en el sistema internacional:

Lo que convencionalmente se denomina América Latina es, en realidad, un conjunto variado de situaciones económicas marcadamente distintas. Esto se refleja en las diferentes perspectivas respecto a la inserción internacional de cada país, determinando en algunos casos un alineamiento de carácter ideológico con ciertas posiciones, y en otros, la intensidad de los flujos de comercio e inversión con socios específicos. Sin duda, el proceso de definición de la política exterior es diverso en las distintas circunstancias nacionales.

En el contexto de América Latina, Brasil ha ejercido una influencia determinante en la reconfiguración del orden global, consolidándose como actor clave en la conformación del BRICS desde su creación en 2009. Su participación no se limita a ser uno de los miembros fundadores, sino que refleja una estrategia de política exterior orientada a proyectar liderazgo regional y a consolidar su presencia en la gobernanza global. La diplomacia brasileña, reconocida por su tradición y profesionalismo, ha buscado posicionar al país como puente entre América Latina y las principales potencias emergentes, reforzando la idea de que Brasil puede actuar como interlocutor privilegiado del Sur Global. Como potencia regional y economía más grande de América Latina, su participación ha sido clave para otorgar legitimidad al grupo en el hemisferio occidental. La política exterior brasileña, especialmente bajo los gobiernos de Luiz Inácio Lula da Silva, ha buscado proyectar una imagen de autonomía frente a Estados Unidos y Europa, promoviendo la cooperación Sur-Sur y el fortalecimiento de alianzas con países emergentes (Baumann, 2025).

En definitiva, el papel de Brasil dentro del BRICS refleja tanto su ambición de liderazgo regional como su aspiración de convertirse en un actor global de peso. Su participación activa y fundacional ha otorgado legitimidad al bloque en el hemisferio occidental y ha reforzado la idea de que América Latina puede tener una voz relevante en la reconfiguración del orden mundial. Sin embargo, este protagonismo también plantea un desafío: Brasil actúa más como representante individual que como portavoz de una estrategia latinoamericana común, lo que evidencia la persistente fragmentación regional. Así, mientras Brasil consolida su imagen de potencia emergente y promueve la cooperación Sur-Sur, la región en su conjunto sigue enfrentando la tarea pendiente de definir una posición colectiva frente a los grandes cambios de la gobernanza global.

En este sentido, los otros países hispanoamericanos se distinguen por una marcada oscilación en sus posturas, determinada en gran medida por los vaivenes de sus gobiernos de turno. Argentina constituye un ejemplo claro: bajo la presidencia de Alberto Fernández manifestó su intención de incorporarse a los BRICS, mientras que con Javier Milei esa decisión fue revertida. México, que eventualmente podría mostrar interés, se encuentra fuertemente condicionado por su estrecha vinculación con los intereses estratégicos de Estados Unidos.

Colombia, bajo la presidencia de Gustavo Petro,8 ha manifestado signos de aproximación al BRICS y anunció en 2025 el inicio de su proceso de adhesión al NDB, del cual Uruguay forma parte desde 2021. Otros casos, como Cuba y Bolivia, recientemente incorporados como países asociados, o Venezuela y Nicaragua, cuyos intentos de adhesión fueran vetados por Brasil, reflejan una aproximación más ideológica que pragmática, marcada además por cuestionamientos en torno a sus credenciales democráticas (Bow, 2024; Martínez, 2024). Por último, Ecuador y Perú, si bien han estrechado sus relaciones con China en los últimos años, no han solicitado su incorporación formal al BRICS (Martínez, 2024; Darnal et al., 2025).

El desafío que se presenta para las naciones hispanoamericanas se manifiesta en dos dimensiones fundamentales. En primer lugar, deben definir si sus proyectos nacionales y su lugar en el mundo estarán firmemente anclados en principios democráticos y republicanos que trasciendan coyunturas políticas y sean incuestionables para todos sus gobernantes. En segundo lugar, urge evaluar si realmente existe voluntad de actuar como bloque en el plano internacional, con miras a superar la irrelevancia en la que históricamente los ha sumido su fragmentación. La elaboración de estrategias coordinadas, capaces de equilibrar autonomía y cooperación, puede posicionar a los países latinoamericanos de manera más sólida frente al avance de los BRICS y, en general, ante la reconfiguración del orden global (Baumann, 2025).

Este interés creciente de la región en el BRICS, responde tanto a razones económicas, acceso a nuevos mercados y financiamiento, como políticas, en la medida en que el BRICS ofrece un espacio alternativo de legitimación internacional para gobiernos que buscan escapar de la influencia estadounidense. Desde 2016, el NDB ha desembolsado aproximadamente US$ 43 mil millones para el financiamiento de 139 proyectos en los países miembros. Las contribuciones esperadas de estos proyectos incluyen 2.400 MW de capacidad instalada de energías limpias, 35.000 viviendas y 1.400 km de infraestructura de saneamiento. En términos de desarrollo sostenible, los proyectos financiados evitaron la emisión anual de 14,7 millones de toneladas de CO2 (New Development Bank, 2025).

En América Latina, Brasil es el principal beneficiario de los préstamos, con desembolsos superiores a US$ 5 mil millones para los sectores de energías limpias y eficiencia energética, infraestructura digital y de transporte, saneamiento y protección ambiental. Además, existen posibilidades de ampliar los créditos a otros países latinoamericanos, como Uruguay y Colombia, lo que posiciona al NDB como una alternativa al financiamiento tradicional caracterizado por condicionalidades estrictas (Burgato et al., 2024).

En la dimensión comercial, los intercambios entre América Latina y China han crecido de manera significativa: entre 2015 y 2025, la corriente de comercio se duplico, pasando de US$ 244 mil millones a US$ 537 mil millones (Gráfico 1). En este período, China se consolidó como principal socio comercial de Brasil, Perú y Chile, entre otros, así como de América del Sur en su conjunto.

Gráfico 1 — Comercio entre China y América Latina, 2015-2025 (en miles de millones de US$)

Fuente: Elaboración propia con base en datos del International Trade Centre (ITC), Trade Map (2026).

La expansión de las relaciones comerciales con China está acompañada de asimetrías y riesgos de dependencia estructural. Con excepción de Brasil, Chile y Perú, que mantienen relaciones superavitarias, el acelerado crecimiento de las importaciones chinas implica niveles crecientes de déficit comercial, donde sobresale el caso de México, que acumuló más de US$ 123 mil millones de saldo negativo ya en 2025 (ITC Trade Map, 2026). Asimismo, las exportaciones de la región se componen esencialmente de productos primarios (petróleo, soja, carne vacuna, hierro, cobre, litio), mientras que las importaciones comprenden sobre todo manufacturas, equipos y tecnologías (Cepal, 2024).

Aunque a una escala menor, India también ha incrementado sus relaciones comerciales con América Latina, destacándose la expansión de las importaciones de productos agrícolas de la región (Casarões, 2026). Entre 2015 y 2025, las exportaciones hacia el país asiático se duplicaron, pasando de US$ 12 mil millones a US$ 30 mil millones (Gráfico 2).

Gráfico 2 — Exportaciones de América Latina a India, 2015-2025 (en miles de millones de US$)

Fuente: Elaboración propia con base en datos del e International Trade Centre (ITC), Trade Map (2026).

Más allá de China e India, los BRICS ofrecen oportunidades para la expansión de mercados y de las exportaciones de América Latina. Los potenciales se encuentran, por ejemplo, en economías emergentes de Asia, como Indonesia, que integra dinámicas redes de comercio y producción del Sudeste Asiático y se caracteriza como centro de demanda de bienes agropecuarios. Los mercados de Medio Oriente, como Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita, representan asimismo oportunidades para la expansión de exportaciones de proteína animal y productos agrícolas. Por su parte, los miembros africanos presentan sinergias más latentes que efectivamente exploradas, aunque la presencia de Brasil en proyectos de cooperación Sur-Sur y el ingreso de Egipto y Etiopía al bloque abren perspectivas para la ampliación de los flujos comerciales (Mendonça, Taioka y Ungaretti, 2025).

Gráfico 3 — Inversiones y contratos de construcción chinos en América Latina, por sector, 2005-2025 (en %)

Fuente: Elaboración propia con base en datos del American Enterprise Institute (2026).

En el plano de las inversiones, China se destaca como el principal país miembro del BRICS en términos de aportes financieros a proyectos de infraestructura y desarrollo en América Latina. Desde 2005, las inversiones directas y los contratos de construcción provenientes de China totalizaron aproximadamente US$ 259 mil millones, distribuidos especialmente en los segmentos de energía, minería e infraestructura de transporte (Gráfico 3).

Más recientemente, las inversiones chinas se han orientado hacia actividades vinculadas a la transición energética, favoreciendo la expansión de la energía eólica y solar en Brasil, Chile, Argentina, Colombia y México (Nunes et al., 2023). Adicionalmente, se observa la expansión de inversiones hacia los sectores de minerales críticos, particularmente en Bolivia, Chile, Argentina y Perú (Sanchez-Lopez, 2023). A ello se suman aportes para el desarrollo de cadenas de baterías y vehículos eléctricos, sobre todo en Brasil (Cariello, 2026). Estos segmentos abren oportunidades concretas para los procesos de transición energética en América Latina, así como para la integración de la región a las cadenas globales de descarbonización, aunque también implican desafíos productivos y socioambientales (Radomski et al., 2026).

Aunque la presencia china es dominante, las oportunidades de inversión y de cooperación energética no se agotan en ese país. Desde la perspectiva multilateral, los países del BRICS acordaron, durante la presidencia brasileña, en mayo de 2025, la elaboración de una Hoja de Ruta de Cooperación para el período 2025-2030, ratificada en la Cumbre de Río de Janeiro, en julio del mismo año. El documento apunta a la promoción de la cooperación sectorial en renovables, bioenergía, hidrógeno, transportes, sistemas de energía y edificaciones, así como a la coordinación de acciones transversales en investigación energética, financiamiento, innovación y cooperación tecnológica, además de transiciones justas e inclusivas (BRICS Committee of Senior Energy Officials, 2025).

Desde la perspectiva bilateral, se destaca el papel de India, que actúa como prestadora de servicios e inversionista en proyectos renovables en Chile y México, así como socia estratégica de Brasil en biocombustibles (Medeiros, 2023; Girisanker, 2025). Los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita también han ingresado como inversionistas en segmentos vinculados a energías renovables y la transición energética, con presencia en Brasil e iniciativas en Argentina, Chile y Colombia, articuladas en general por medio de sus fondos soberanos y empresas estatales (Ungaretti et al., 2025; Lyall, 2024).

Este dinamismo comercial y financiero refuerza la percepción de que los BRICS ofrecen oportunidades tangibles para la región. No obstante, la concentración del comercio y de las inversiones en China plantea riesgos de dependencia y asimetría, reproduciendo patrones históricos de subordinación económica. A ello se suma la dificultad de explorar complementariedades con los demás miembros del bloque, debido a distancias geográficas, barreras tarifarias y no tarifarias y a la ausencia de acuerdos comerciales consolidados con los países latinoamericanos.

En suma, la decisión de América Latina de aproximarse al BRICS resulta compleja. Si bien los indicadores muestran un creciente dinamismo del comercio con China e India y de las inversiones provenientes de Asia, los vínculos tradicionales con las potencias occidentales continúan teniendo un peso predominante: en 2024, Estados Unidos consolidó su posición como el mayor inversionista en la región, representando 38 % del valor invertido, mientras que la Unión Europea alcanzó el 15 % (Cepal, 2025). De hecho, incluso los países más activos en la firma de acuerdos comerciales han mantenido a estos socios dentro de sus prioridades formales, lo que evidencia que la región aún no ha logrado redefinir plenamente su estrategia internacional frente a la reconfiguración del orden global (Baumann, 2025).

4. El dilema estratégico de América Latina en un mundo multipolar

El debate sobre autonomía y pragmatismo opera como referencial teórico esencial para las Relaciones Internacionales de América Latina, reflejando las tensiones entre la búsqueda de soberanía política y la necesidad de adaptación a las estructuras globales de poder. Estas discusiones resultan indispensables para situar el dilema estratégico de América Latina en un mundo multipolar, especialmente ante la intensificación de las disputas geopolíticas y geoeconómicas y el protagonismo adquirido por los BRICS en su proceso de expansión, conforme se ha analizado.

4.1. Autonomía y pragmatismo: referenciales teóricos para la inserción internacional latinoamericana

En la tradición latinoamericana, la autonomía implica la posibilidad de que los países periféricos amplíen su margen de maniobra frente a un sistema internacional marcado por jerarquías y asimetrías. En esta visión, la autonomía no se confunde con independencia total ni con aislamiento, sino que designa la capacidad de los Estados periféricos de tomar decisiones sobre su desarrollo y su inserción internacional de forma soberana, sin la injerencia de potencias extranjeras (Briceño Ruiz y Simonoff, 2017). Es decir, implica la capacidad de decisión propia que puede alcanzarse dentro de los márgenes que impone el orden internacional (Bologna, 1989).

Juan Carlos Puig propone el concepto de "autonomía heterodoxa" para designar una posición intermedia entre la subordinación pasiva y la confrontación sistémica, en la cual los Estados periféricos reconocen las estructuras de poder dominantes, pero expresan divergencias en tres aspectos centrales: a) un proyecto propio de desarrollo nacional; b) vínculos internacionales que no son globalmente estratégicos; y c) la disociación entre el interés nacional de la potencia hegemónica y el del grupo doméstico (Puig, 1980, 1984). En este marco, se evita el alineamiento automático y se busca la diversificación de alianzas como estrategia para ampliar los márgenes de decisión (Bernal-Meza, 2013).

En una línea afín, Hélio Jaguaribe comprende la autonomía de modo contextual y relacional, articulando viabilidad nacional y permisibilidad internacional: los países periféricos procuran explotar las fisuras y contradicciones del sistema mientras fortalecen sus condiciones internas de decisión. Se trata de una opción fundamentalmente política, con implicaciones económicas, culturales y tecnológicas, cuyo alcance está determinado por las condiciones históricas y geopolíticas de cada contexto. En esta perspectiva, el sostenimiento de la autonomía exige no solo capacidades internas, sino también la construcción de alianzas regionales que permitan superar los condicionamientos impuestos por las potencias centrales (Jaguaribe, 1979, 2013; Saraiva, 2014).

Por otro lado, el realismo periférico de Carlos Escudé postula la subordinación de la política exterior al interés de los ciudadanos y al desarrollo socioeconómico. En esta lógica, las políticas exteriores deben enmarcarse en bases pragmáticas, evitando confrontaciones cuyos costos superen los beneficios para el ciudadano, en particular cuando están motivadas por consideraciones de prestigio o principios desvinculados de intereses concretos. De este modo, la autonomía no se concibe como un fin en sí mismo, sino como un recurso de uso selectivo, de modo que la escasa capacidad de confrontación del Estado periférico debe reservarse para situaciones en las que existen intereses materiales concretos en disputa (Escudé, 1992, 2009, 2012).

En Brasil, el gobierno de Ernesto Geisel (1974-1979) estableció directrices que se conocieron como "Pragmatismo Ecuménico y Responsable", una orientación moderadamente revisionista que articuló elementos del realismo político con objetivos de diversificación de alianzas y desarrollo nacional (Spektor, 2004). Bajo esta lógica, el país practicaba la prudencia y la autocontención en el manejo de las disputas con las grandes potencias, al tiempo que sostenía la defensa de la soberanía nacional y buscaba una mayor aproximación con los países del Tercer Mundo, con el objetivo de diversificar intereses y reducir la dependencia respecto a los países ricos (Vigevani y Cepaluni, 2007).

En el caso de México, la política exterior ha sido caracterizada como “pragmatismo principista”, entendido como una combinación entre la proyección de intereses materiales y la defensa de marcos normativos tradicionales, incluidos los principios de no intervención, autodeterminación de los pueblos y solución pacífica de controversias. Dichos principios son movilizados de manera funcional, ora como escudo frente a presiones externas, ora como fuente de legitimidad doméstica, sin que su papel estructurante en la tradición diplomática mexicana sea abandonado (Velázquez Flores, 2015).

En el debate entre autonomía y pragmatismo, se cuestiona si la política exterior debe guiarse por una lógica de largo plazo, centrada en la independencia decisoria, o por una gestión flexible orientada al aprovechamiento de oportunidades concretas. Por un lado, se sostiene que, sin un horizonte orientado hacia la autonomía, el pragmatismo puede derivar en subordinación encubierta; por otro, se advierte que la autonomía en ausencia de poder real puede tornarse políticamente ineficaz. Una tercera perspectiva, sin embargo, rechaza esta dicotomía al distinguir los planos analíticos de ambos conceptos, situando la autonomía como objetivo estratégico de largo plazo, mientras que el pragmatismo funcionaría como método, esto es, el modo flexible y contextual de orientarse hacia ella (Pereyra Doval, 2013).

En síntesis, la autonomía apunta a la transformación de la posición internacional del Estado periférico, mientras que el pragmatismo tiende a la adaptación estratégica a las restricciones sistémicas. Es precisamente en esta tensión donde se inscribe el dilema latinoamericano frente a los BRICS, donde la aproximación al bloque puede representar una oportunidad de diversificación de alianzas y de explotación de las fisuras de un sistema en transición multipolar, pero también exige cautela ante los costos frente a las potencias centrales y los riesgos de reproducción de asimetrías. De esta articulación, la autonomía emerge como horizonte estratégico y el pragmatismo como método, orientando la relación con los BRICS mediante una estrategia selectiva capaz de maximizar ganancias concretas sin renunciar a un proyecto independiente de inserción internacional.

4.2. América Latina ante los BRICS: oportunidades y riesgos

La aproximación de América Latina a los BRICS abre una posibilidad de puntos positivos que no pueden ser ignorados. En primer lugar, el bloque ofrece acceso privilegiado a financiamiento, mercados y cooperación tecnológica, lo que se ajusta directamente con la estrategia de diversificación de alianzas como vía para ampliar los márgenes de decisión (Puig, 1980; 1984). Tal acceso se traduce en oportunidades concretas para impulsar proyectos de infraestructura, movilidad urbana y energía, como demuestra el apoyo del New Development Bank en Brasil (Burgato et al., 2024).

Asimismo, la cooperación en transición energética con China e India ha favorecido inversiones en energías renovables en países como Chile y México, reforzando la agenda de sostenibilidad regional (Medeiros, 2023). Esta dinámica se ha extendido a nuevos segmentos estratégicos, como las cadenas de baterías y vehículos eléctricos y el procesamiento de minerales críticos, así como a oportunidades de cooperación e inversión con otros miembros del bloque.

Otro aspecto positivo es la diversificación de exportaciones hacia economías dinámicas, que reduce la dependencia de los mercados tradicionales de Estados Unidos y Europa; China ya es el principal socio comercial de Brasil, Perú y Chile, mientras que India ha incrementado sus importaciones de productos agrícolas latinoamericanos (Casarões, 2026). A esta tendencia se suman las oportunidades emergentes en los mercados de Indonesia, particularmente para bienes agropecuarios, y en los países del Golfo, especialmente para proteína animal y productos agrícolas, segmentos en los que la región presenta ventajas comparativas consolidadas.

En términos estratégicos, la vinculación con los BRICS permite ampliar el margen de maniobra internacional, disminuir la vulnerabilidad frente a crisis externas y fortalecer la autonomía regional, de modo que se aprovechen las fisuras sistémicas para ampliar el margen de decisión (Jaguaribe, 1979; 2013). Asimismo, tales vínculos pueden servir como palanca para consolidar proyectos de integración latinoamericana como la CELAC o el Mercosur (Vorotnikova, 2025). En suma, la cooperación con los BRICS representa una oportunidad histórica para que América Latina fortalezca su autonomía y proyecte una voz más influyente en la gobernanza global.

Sin embargo, esta aproximación también conlleva puntos negativos y limitaciones que deben ser considerados con cautela. En este sentido, la perspectiva del realismo periférico subraya que estos posibles costos y riesgos deben ser ponderados por los países latinoamericanos en su relación con los BRICS, subordinando las decisiones de política exterior al desarrollo socioeconómico y a los intereses materiales concretos de los ciudadanos (Escudé, 1992, 2009).

Una postura exclusivamente orientada hacia los BRICS podría generar tensiones con Estados Unidos y la Unión Europea, socios tradicionales de la región, y limitar la capacidad de negociación en otros foros multilaterales (Baumann, 2025). Además, existe el riesgo de reproducir relaciones asimétricas, especialmente por la concentración del comercio en China, que puede replicar patrones de dependencia con América Latina como proveedora de materias primas y receptora de manufacturas (Slipak, 2014).

La fragmentación política latinoamericana constituye otro obstáculo central, ya que la falta de consensos regionales reduce la capacidad de negociación y la credibilidad de la región como socio confiable. A ello se suma la debilidad institucional y la inestabilidad política de varios países, que limitan la posibilidad de articular estrategias. Finalmente, la heterogeneidad en términos de estructura productiva, patrones de inserción externa y trayectorias de desarrollo también involucran riesgos y condicionan el modo en que cada Estado se posiciona frente al BRICS y a las potencias tradicionales.

Evaluando las principales economías latinoamericanas (Argentina, Brasil, Colombia, Chile, México, Perú y Uruguay), se puede afirmar que estas se caracterizan por estructuras muy diferentes, la demanda es fuertemente influenciada tanto por la elevada concentración de la población en centros urbanos como por la marcada desigualdad en la distribución del ingreso (Jordán, Riffo y Prado, 2017). Además, las características específicas de las principales economías de la región, en particular las que muestran un dinamismo más elevado, generan obstáculos para una apertura más amplia hacia el exterior y también, crean resistencia a implementar grandes cambios internamente. Se trata de sistemas relativamente cerrados al comercio internacional, cuya inserción depende en gran medida de los recursos naturales (Salama, 2020; Svampa, 2013).

La Tabla 1 presenta una síntesis comparativa de cinco indicadores estructurales para las principales economías latinoamericanas.

Tabla 1 — Indicadores estructurales para las principales economías de América Latina
PaísPoblación urbana1 (%)Coeficiente de Gini2Apertura comercial3 (%)Dependencia de commodities4 (%)Complejidad económica (posición global)5
Argentina9242,427,980,684
Brasil8850,335,675,356
Chile894363,983,585
Colombia7954,43780,268
México8042,674,618,227
Perú8540,151,591,1102
Uruguay964052,582,973
1 Población residente en zonas urbanas como porcentaje de la población total, 2023.
2 Coeficiente de Gini de la distribución del ingreso, 2023; Escala de 0 (igualdad perfecta) a 100 (desigualdad máxima).
3 Apertura comercial calculada como suma de exportaciones e importaciones de bienes y servicios sobre el PIB, 2024.
4 Participación de los productos primarios (energía, minería y agricultura) en las exportaciones totales de mercancías, promedio del período 2021-2023.
5 Posición en el ranking global del Índice de Complejidad Económica (ECI), 2024, sobre un total de 133 economías.
Fuentes: Elaboración propia con base en Banco Mundial, World Development Indicators (datos de población urbana, Gini y apertura comercial); UNCTAD, The State of Commodity Dependence 2025; Harvard Growth Lab, The Atlas of Economic Complexity (clasificación HS12, 2024).

Los datos de la Tabla 1 confirman la heterogeneidad regional y la persistencia de rasgos comunes que condicionan la inserción internacional (Bárcena y Prado, 2015). Se destacan las elevadas tasas de urbanización (entre 79 % y 96 %), los altos niveles de desigualdad y grados heterogéneos de apertura comercial, sistemáticamente por debajo del promedio mundial salvo en los casos de Chile y México. Adicionalmente, la dependencia de los commodities es elevada en todas las principales economías de la región, salvo México. El Índice de Complejidad Económica refuerza este diagnóstico al evidenciar el bajo grado de sofisticación productiva de la región (Hausmann et al., 2013).

La elevada urbanización de los grandes centros y la concentración del ingreso explican tanto la composición de las importaciones como el rechazo de estos países a reducir de manera sustantiva sus barreras arancelarias. No obstante, en las últimas dos décadas se ha producido un marcado incremento de los vínculos comerciales con economías asiáticas, en detrimento de las relaciones con socios tradicionales de altos ingresos. Esta creciente dependencia de nuevos mercados y proveedores se ha convertido en un factor determinante en la formulación de decisiones de política exterior, condicionando las estrategias de inserción internacional de la región (Baumann, 2025).

El Gráfico 4 ilustra el crecimiento de las exportaciones hacia los países de Asia, cuya participación en las ventas externas de América Latina se triplicó entre 2001 y 2025, pasando del 7,7 % al 24,4 % del total. En el mismo período, la participación de Estados Unidos retrocedió del 55,5 % al 44,5 %, mientras que la de la Unión Europea se mantuvo relativamente estable, con una leve caída del 10,2 % al 8,5 %.

Gráfico 4 – Exportaciones de América Latina, por región, 2001-2025 (En %).

Fuente: Elaboración propia con base en datos del International Trade Centre (ITC), Trade Map (2026).

Se observa, además, que el patrón de inversiones predominante en América Latina continúa siendo de carácter tradicional y proviene, en gran medida, de los países del hemisferio occidental con larga trayectoria en la región. Estados Unidos y la Unión Europea representaron conjuntamente más de la mitad de las entradas regionales de IED en 2024, con destinos concentrados en manufacturas, hidrocarburos y servicios (Cepal, 2025). Esto implica que, a pesar de la creciente diversificación de socios comerciales y del interés por estrechar vínculos con economías emergentes como las asiáticas, la estructura de inversión mantiene una fuerte dependencia de actores históricos.

Tal continuidad refleja tanto la persistencia de vínculos financieros e institucionales consolidados como la dificultad de atraer capitales provenientes de nuevos polos de poder global. En consecuencia, la región enfrenta un dilema estratégico: por un lado, aprovechar la estabilidad y experiencia de los inversionistas tradicionales; por otro, avanzar hacia una mayor apertura a fuentes alternativas de financiamiento que permitan reducir la dependencia y ampliar las oportunidades de desarrollo en sectores estratégicos como infraestructura, energía y tecnología.

En el Cuadro 2 se presentan los principales aspectos positivos y negativos que pueden derivarse de una mayor aproximación entre América Latina y los BRICS, lo que permite visualizar tanto las oportunidades como los desafíos estratégicos que esta relación implica para la región:

Cuadro 2. América Latina y los BRICS: ventajas y limitaciones
Puntos positivosPuntos negativos
Acceso privilegiado a financiamiento, mercados y cooperación tecnológica (ej. apoyo del New Development Bank en proyectos de infraestructura y energía en Brasil y otros países de América Latina).Vínculos financieros e institucionales consolidados con Estados Unidos y Unión Europea y dificultad de atraer capitales provenientes de nuevos polos de poder global.
Impulso a la transición energética mediante inversiones en energías renovables y tecnología limpias, especialmente con China e India (ej. proyectos solares y eólicos en Chile y México; expansión hacia cadenas de baterías, vehículos eléctricos y procesamiento de minerales críticos).

Riesgo de reproducir relaciones asimétricas, con América Latina como proveedora de materias primas y receptora de manufacturas, especialmente en relación con China.

Diversificación de exportaciones hacia economías emergentes, reduciendo la dependencia de los mercados tradicionales de EE. UU. y Europa (ej. China como principal socio de Brasil, Perú y Chile; India aumentando importaciones agrícolas; oportunidades crecientes en Indonesia y los países del Golfo).

Fragmentación política latinoamericana, que limita la capacidad de negociación y reduce la influencia en foros internacionales.

Mayor margen de maniobra internacional y reducción de vulnerabilidad frente a crisis externas.Debilidad institucional e inestabilidad política en varios países, lo que afecta la credibilidad de la región como socio confiable.
Fortalecimiento de la autonomía regional y apoyo a proyectos de integración como la CELAC y el Mercosur.Posibles tensiones con Estados Unidos y la Unión Europea, socios tradicionales de la región.
Oportunidad histórica para proyectar una voz más influyente en la gobernanza global y redefinir el papel de América Latina en el orden multipolar.Falta de consensos regionales que impide articular estrategias coordinadas frente al mundo multipolar.
Fuente: Construcción realizada por los autores con base en la información contenida en el artículo.

En definitiva, la relación con los BRICS ofrece a América Latina tanto oportunidades como desafíos. Por un lado, el dilema entre alineamiento y pragmatismo refleja la complejidad para los países latinoamericanos: un acercamiento exclusivo a los BRICS podría fortalecer la capacidad de negociación frente a Occidente, pero también implicaría riesgos de dependencia, mientras que una postura equilibrada permitiría mantener márgenes de maniobra, aunque podría diluir la influencia de la región dentro del bloque.

Por otro lado, transformar esta dualidad en una oportunidad estratégica será crucial para articular consensos internos, fortalecer instituciones regionales y negociar en condiciones de mayor igualdad, de modo que los vínculos entre los países latinoamericanos y los BRICS se conviertan en un motor de desarrollo sostenible y de autonomía estratégica en el nuevo orden multipolar. Desde esta perspectiva, la articulación entre la autonomía como horizonte estratégico a largo plazo y el pragmatismo como método flexible a corto plazo puede contribuir a construir estrategias coordinadas y a evaluar riesgos y oportunidades a partir de las diferentes opciones disponibles (Pereyra Doval, 2013).

El futuro de América Latina en su relación con los BRICS dependerá de su capacidad para negociar acuerdos más equitativos y sostenibles, que prioricen el desarrollo social y ambiental de la región. Aunque los BRICS ofrecen oportunidades para diversificar las relaciones internacionales y reducir la dependencia de Estados Unidos y Europa, es fundamental que América Latina evite reproducir las dinámicas de explotación y desigualdad que han caracterizado su relación con otras potencias. La construcción de una agenda de cooperación Sur-Sur más justa y beneficiosa para las poblaciones locales será clave para un futuro más prometedor.

5. Conclusiones

El papel de los BRICS en la reconfiguración del orden global no debe interpretarse únicamente como un desafío a la hegemonía occidental, sino también como un intento de legitimar nuevas formas de cooperación internacional que reflejen las demandas del Sur Global. El bloque ha logrado visibilizar intereses y necesidades históricamente marginados, ofreciendo alternativas de financiamiento y gobernanza. Sin embargo, enfrenta limitaciones derivadas de sus propias contradicciones internas, como el peso estructural asimétrico de China, la disparidad de intereses nacionales, las tensiones geopolíticas entre sus miembros y la dificultad de articular agendas coordinadas y coherentes.

La transición hacia un orden multipolar es, en gran medida, un proceso en construcción. Los BRICS actúan como catalizadores, pero no como actores exclusivos, ya que su influencia depende de la capacidad de mantener cohesión interna y de articular propuestas concretas que trasciendan la retórica. La multipolaridad emergente no se reduce a la existencia de nuevos polos de poder, sino que implica la redefinición de las reglas de interacción internacional, donde los BRICS buscan posicionarse como arquitectos de un sistema más inclusivo.

En América Latina, la influencia de los BRICS es innegable, aunque su alcance depende de la capacidad de los países de la región para articular una estrategia colectiva. Brasil ha sido el principal articulador, pero su liderazgo enfrenta desafíos derivados de la inestabilidad política interna, de la falta de consensos regionales y de la competencia de otros actores globales. La región se encuentra en una encrucijada: aprovechar las ventajas de la cooperación con economías emergentes o quedar atrapada en nuevas formas de dependencia.

En este sentido, la relación con los BRICS ofrece oportunidades de desarrollo y autonomía, pero también plantea dilemas estratégicos sobre cómo equilibrar la cooperación con este bloque y la necesidad de mantener vínculos con Occidente. En última instancia, el impacto de los BRICS en América Latina será tanto económico como político, y dependerá de la habilidad de los gobiernos para negociar inteligentemente en un escenario multipolar.

El vínculo con los BRICS constituye una gran oportunidad para América Latina, pero también un desafío estratégico. La clave radica en la construcción de consensos internos y en el fortalecimiento institucional. Es decir, la construcción de estrategias coordinadas constituye una vía para que la región negocie en condiciones de mayor igualdad y transforme la relación con los BRICS en un motor de desarrollo sostenible.

En la coyuntura actual, el mundo multipolar abre para América Latina la posibilidad de reforzar su autonomía y proyectar una voz más influyente en los espacios de gobernanza global. Sin embargo, las oportunidades que ofrecen los BRICS están condicionadas a la capacidad de la región para superar la fragmentación interna y construir consensos sólidos. El dilema entre alinearse con los BRICS o mantener un pragmatismo equilibrado refleja la complejidad de la situación presente, pero también la posibilidad de diseñar una estrategia inteligente que combine cooperación, diversificación y autonomía.

En definitiva, América Latina se encuentra ante el desafío de transformar la incertidumbre en una ventaja estratégica, capaz de redefinir su lugar en el sistema internacional. El éxito de esta apuesta dependerá de la capacidad de sus líderes para articular una visión compartida, fortalecer instituciones regionales y aprovechar el dinamismo de los BRICS y ahora BRICS ampliados sin renunciar a la pluralidad de sus vínculos globales.

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