El giro hacia el Sur Global en la política exterior de muchos países latinoamericanos ha supuesto cambios importantes en el proceso de inserción y posicionamiento internacional, menos solidario con lo que queda de Occidente. Un claro ejemplo para ello fue la intervención de Rusia en Ucrania que dividió la región. La cooperación sur-sur con Asia y África, la pertenencia de Brasil en el grupo BRICS y otras iniciativas colectivas como el G-77 o el Foro Mundial Social representan otras formas de fomentar el desarrollo y la presencia de la región en el escenario global. Al mismo tiempo, Centroamérica, México y gran parte del Caribe continúan bajo el predominio de Estados Unidos que durante el segundo mandato de Donald Trump declaró América Latina como prioridad de su política exterior, volviendo a la política de intervencionismo militar y a la coacción con el argumento de la supuesta amenaza de seguridad causada por el narcotráfico y la migración.
Desde la Guerra Fría, la autonomía relacional ha sido la opción preferida de los países latinoamericanos, formando parte de las estrategias de desarrollo para superar los dos retos claves de la región: desigualdad y violencia. Para muchos países, China se perfila como un socio primordial que durante la Guerra Fría compartió foros como el Movimiento de los No Alineados (MNA) o el G-77 con parte de América Latina. Hoy, China ha reemplazado a la UE como segundo socio comercial de América Latina y se perfila como principal proveedor de Ciencia y Tecnología, un área donde próximamente podría asumir el tradicional lugar de Estados Unidos. China también lidera el grupo BRICS con Brasil como miembro fundador por sus estrechos lazos con Sudáfrica e India con los que constituyó —antes de los BRICS— el foro IBSA. Otros países como Corea del Sur han asumido un importante papel en la agenda latinoamericana de desarrollo, en la inversión y el comercio, en línea con el giro exterior de la región hacia Asia-Pacífico y con mayores nexos con África.
Este número especial documenta y analiza las recientes dinámicas regionales e internacionales de América Latina hacia la diversificación de socios que cambia tanto su manera de insertarse en el mundo (parcialmente a través de alianzas con el denominado Sur Global) como su identidad. Si América Latina ha sido desde la época colonial una región periférica bajo el dominio de Europa y EE. UU. que formó parte de un “lejano” Occidente y el “Tercer Mundo”, la pertenencia de Brasil en el grupo BRICS o la dependencia económica de China de muchos países de la región empiezan a modificar los tradicionales pilares de la política exterior latinoamericana. Para contrarrestar esta tendencia, tanto EE. UU. como la UE han adoptado estrategias para recuperar su peso e influencia: Washington a través de la fuerza militar, la explotación de recursos estratégicos y la coacción, y la UE mediante el acuerdo de asociación con el Mercosur y programas como el Global Gateway. Todos estos cambios confirman que América Latina es una región importante en la reconfiguración del tablero mundial, no sólo por ampliar sus alianzas con socios extrarregionales, sino también por su peso material en un mundo donde los recursos naturales son parte de la lucha de poder.
El número está integrado por seis artículos de autoras y autores situados en América Latina y Europa, que provienen de diferentes disciplinas de las Ciencias Sociales y analizan el comportamiento de actores externos tradicionales como Estados Unidos y la UE y nuevos aliados de la región como China, Corea del Sur o el grupo BRICS. Estas últimas alianzas más recientes confirman un giro de América Latina y, particularmente, de Sudamérica, hacia una mayor cooperación con otros países del Sur Global como alternativa y complemento a su relación con lo que antes (de Donald Trump) se llamaba “Occidente”.
El dossier se abre con un artículo de María Victoria Álvarez, profesora de relaciones internacionales en la Universidad Nacional de Rosario, que explica la trayectoria y agencia de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) que califica como “una organización informal”. La CELAC incluye a 33 países de la región y se creó hace quince años, en 2011, “con el objetivo de ampliar márgenes de autonomía frente a actores extrarregionales” y consensuar una agenda común de toda la región. CELAC carece de una estructura institucional y funciona sobre todo a través de cumbres anuales y reuniones regulares entre los países de la región. Desde una metodología de estudio cualitativo de caso único, la autora defiende la hipótesis de que la CELAC ha obtenido agencia mediante su relación con otros socios (Estados Unidos, la OEA, China, la UE y entidades latinoamericanas). Su análisis se basa en tres indicadores: el reconocimiento externo de la CELAC, su capacidad para producir posiciones colectivas, y los límites o bloqueos que impiden sostener las acciones de la CELAC en el tiempo. En sus conclusiones, la profesora Álvarez afirma que, a pesar de sus fragilidades y períodos de parálisis, la CELAC ha sido capaz de generar agencia en torno a unos consensos mínimos y se estableció como un foro alternativo a instituciones como la OEA liderada por Estados Unidos.
Washington ha dejado de ver en América Latina un socio y una oportunidad para percibirla como una amenaza de seguridad nacional construida con lo que antes fue una agenda compartida: el narcotráfico y la migración. El segundo artículo de Juan Tovar, profesor de relaciones internacionales en la Universidad de Burgos, explora las razones detrás de la política de presión y coacción de Estados Unidos a América Latina durante el segundo mandato de Donald Trump (2025-2029). El autor examina críticamente los objetivos y resultados de la nueva estrategia del segundo gobierno de Trump hacia América Latina, que declaró como la prioridad de su política exterior, y la compara con las políticas anteriores hacia la región durante la posguerra fría y en los siglos XIX e inicios del XX (Doctrina Monroe, Corolario Roosevelt). Finalmente, llega a la conclusión de que los factores domésticos y particularmente el papel de Marco Rubio como enlace hacia el lobby hispanoamericano en EE. UU. han sido responsables del “cambio estratégico radical” hacia la prioridad hemisférica que no sólo plantea nuevos riesgos, sino también la cuestión de su durabilidad más allá de la presidencia de Donald Trump.
Los coordinadores del número y firmantes de esta introducción, Gilberto Aranda y Susanne Gratius, ambos profesores de relaciones internacionales en la Unversidad de Chile y la Universidad Autónoma de Madrid, respectivamente, discuten en el tercer artículo las razones que motivaron a la UE a firmar la asociación estratégica con el Mercosur tras 25 años de negociación. Después de trazar, con la ayuda metodológica del process tracing, las diferentes etapas de negociación biregional, afirman que la estrategia de autonomía (de EE. UU. y de China) que adoptaron ambos bloques aceleró el proceso y condujo finalmente a la firma y entrada en vigor de la parte comercial del acuerdo. En la última sección del texto se exploran los posibles escenarios del impacto del acuerdo y de su entrada en vigor (o no) que depende de la sentencia del Tribunal de Justicia Europeo y de la ratificación por parte de los 27 Estados miembro de la UE.
La creación del grupo BRICS en 2001 ha reconfigurado la constelación de poder mundial a favor de China y otros países emergentes. Jacqueline Hernández Haffner, profesora de economía de la Universidade Federal de Rio Grande do Sul (Porto Alegre), y Carlos Renato da Fonseca Ungaretti, investigador en la misma universidad, se centra en el papel de Brasil en los BRICS y las relaciones del bloque con otros países latinoamericanos. Los autores afirman que los BRICS buscan redefinir la gobernanza global, crear nuevas instituciones como el Nuevo Banco de Desarrollo y ofrecer una alternativa al orden liberal internacional de Occidente que cuestiona por excluir a gran parte del mundo en desarrollo. A juicio de los autores, la entrada de los BRICS en América Latina plantea el dilema de decidir si los países se alinearán con los BRICS o si mantienen una postura más distante. Al representar China un 52 % del Producto Interior Bruto (PIB) de los BRICS, esta asimetría de peso económico y poder político podría reproducir dinámicas norte-sur similares —la exportación de materia prima, el extractivismo y nuevas dependencias— que caracterizan las relaciones de América Latina con EE. UU. y la UE. En este sentido, la búsqueda de autonomía frente a Washington y Bruselas por parte de Brasil mediante su participación en los BRICS podría terminar en una nueva dependencia estructural de China. Tras un exhaustivo análisis de costes y beneficios, los autores concluyen que la relación de América Latina con los BRICS ofrece oportunidades de desarrollo y autonomía, pero también riesgos de verse atrapado en nuevas formas de dependencia. Desde su perspectiva, la mejor respuesta ante este desafío sería una mayor coordinación regional frente a China y los BRICS.
China, el segundo socio más importante de América Latina, también está en el centro del cuarto artículo, escrito por Juan Andrés Gascón Maldonado, Laura Rincón Mora y Carmen Moya Pozo. Mediante un marco metodológico de redes sociales, análisis de discurso e investigaciones de campo y el concepto de la “paradiplomacia epistémica”, los autores exploran cómo la academia argentina de relaciones internacionales construye sus narrativas sobre China y en qué medida reproduce, reconfigura o cuestiona las proyecciones del Estado hacia el país asiático. Desde los tres paradigmas del sino-optimismo, el sino-pesimismo y el sino-escepticismo, en su segundo gran apartado, el artículo compara los resultados del caso argentino con investigaciones similares en Brasil y Chile para concluir que la producción de conocimiento y redes académicas sobre China ha generado tres modelos diferenciados de organización que comparten la centralidad de la REDCAEM y el auge de centros no universitarios en las investigaciones internacionales sobre China.
La última contribución que cierra este número especial analiza la política exterior de Corea del Sur hacia América Latina entre 2015 y 2024 a partir de los Diplomatic White Papers, con el propósito de identificar sus principales prioridades, cambios, continuidades y marcos narrativos. La investigación del profesor Miguel Ángel López y el coordinador del programa de estudios coreanos del Instituto de la Universidad de Chile, Camilo Aguirre, plantea que existe una continuidad estructural en la política coreana hacia América Latina, caracterizada por un enfoque pragmático centrado en la cooperación económica, técnica y multilateral. Asimismo, sostiene que la pandemia de covid-19 generó una reorientación temporal de la agenda hacia la salud pública, mientras que el período posterior a 2022 dio paso a una reconfiguración más profunda vinculada a la seguridad económica, las cadenas de suministro, la transición energética y la cooperación digital. Metodológicamente, el estudio combina análisis de contenido cualitativo e interpretación discursiva de los documentos oficiales. Los resultados muestran que, aunque América Latina no constituye una prioridad comparable a Asia-Pacífico o las grandes potencias, ha adquirido una relevancia creciente para la diversificación económica, la cooperación multilateral y la proyección tecnológica y cultural de Corea del Sur.
Gilberto Aranda y Susanne Gratius