Metis. Journal of Strategic Autonomy and International Studies | nº 1 [2026] [ISSN 3127-711X]
DOI: https://doi.org/10.14422/metis.i01.y2026.002
El giro estadounidense hacia el hemisferio occidental durante el segundo mandato de Trump

The US pivot towards the Western Hemisphere during Trump’s second term
Autor
Resumen

El hemisferio occidental ha sido la región más relevante para la política exterior de Estados Unidos durante gran parte de su historia. Desde el fin de la posguerra fría, sin embargo, su relevancia se redujo a ámbitos de interés doméstico como la inmigración o la lucha contra el narcotráfico. La renovada relevancia durante la segunda administración de Trump, manifestada en documentos como la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 supone una ruptura importante que va más allá de su papel como última línea de defensa en caso de hegemonía de China en el Indopacífico. El objetivo de este artículo es precisamente analizar las causas de este importante cambio estratégico desde una perspectiva realista neoclásica.

The Western Hemisphere has been the most relevant region for US foreign policy for much of its history. Since the end of the Cold War, however, its relevance has been reduced to areas of domestic interest such as immigration and the fight against drug trafficking. Its renewed importance during the second Trump administration, manifested in documents such as the 2025 National Security Strategy, represents a significant shift that goes beyond its role as a last line of defense in the event of Chinese hegemony in the Indo-Pacific. The aim of this article is to analyze the causes of this important strategic change from a neoclassical realist perspective.

Key words

Estados Unidos; hemisferio occidental; política exterior de Trump; Marco Rubio; corolario a la Doctrina Monroe

The United States; Western Hemisphere; Trump’s foreign policy; Marco Rubio; corollary to the Monroe Doctrine

Fechas
Recibido: 09/04/2026. Aceptado: 07/05/2026

En noviembre de 2025 la segunda administración de Donald Trump publica su Estrategia de Seguridad Nacional. El contenido de este segundo documento constituyó una relativa sorpresa por el tratamiento otorgado a las diferentes regiones del sistema internacional. Contra lo que se esperaba y frente al mismo documento de 2017, el Indopacífico aparece en segundo lugar. Las evocaciones a los aliados europeos, con un perfil claramente ideológico, se recogen en el tercer apartado. La sorpresa viene por el papel especialmente relevante otorgado al hemisferio occidental, que aparece en el primer lugar de prioridades estratégicas. Un punto que difiere de todas las Estrategias de Seguridad Nacional posteriores al fin de la Guerra Fría (Casa Blanca, 2025, pp. 15-29).

Más aún, este documento recupera una de las doctrinas más importantes de la historia estadounidense como es la Doctrina Monroe. O más bien, el corolario de Theodore Roosevelt a la misma, conocida por haber convertido esta doctrina de seguridad nacional, formulada en un momento de debilidad histórica estadounidense frente a las principales potencias europeas, en una doctrina imperialista. La prioridad otorgada pareció verse confirmada con hechos como la captura de Nicolás Maduro, presidente de Venezuela. Impactando a aliados y adversarios por igual.

Este renovado interés en una región anteriormente considerada secundaria para los intereses estratégicos estadounidenses es el elemento central de estudio de este artículo. Su principal objetivo es analizar qué aspectos han hecho posible este importante giro en las prioridades geopolíticas de la segunda administración Trump. En especial a través del estudio de la política exterior de las dos administraciones Trump, así como sus cambios y continuidades.

Los fundamentos del artículo están en la corriente del realismo neoclásico, que combina para la comprensión de la política exterior los factores sistémicos primarios y los domésticos como variable interviniente. Es por ello por lo que se incorporarán algunos factores domésticos como el proceso de toma de decisiones y sus principales protagonistas. Entre ellos cabe destacar al secretario de Estado, Marco Rubio, o a enviados especiales como Richard Grenell, por su importancia en el proceso decisorio de la administración hacia la región. También a figuras como el consejero de Seguridad Nacional, John Bolton, durante el primer mandato de Trump.

También se tendrá en cuenta con relación a estos últimos, el papel de sus convicciones ideológicas y de las tradiciones de política exterior propias, como es el caso del jacksonianismo. El proceso de toma de decisiones está, lógicamente, compartido con corrientes o subdisciplinas como el análisis de política exterior (Ripsman et al., 2016, pp. 1-32; Hudson, 2015).1 Si bien existe un debate en torno a la independencia o no del realismo neoclásico respecto de esta subdisciplina de las Relaciones Internacionales, en este artículo se asumirá la compatibilidad entre ambas.

El artículo se dividirá en dos partes, que responderán a la dimensión sistémica y doméstica de la política exterior estadounidense. La primera analizará la posición tradicional del hemisferio occidental para la política exterior estadounidense, así como su evolución histórica durante la posguerra fría, enfocándose especialmente en la primera administración Trump. La segunda, en la política exterior de la segunda administración Trump y el desarrollo de su política regional. Finalmente, se plantearán las conclusiones.

1. El hemisferio occidental como prioridad geográfica estadounidense y su evolución durante la posguerra fría

1.1. Importancia geopolítica del hemisferio occidental y evolución histórica

El hemisferio occidental, espacio que abarca la totalidad del ámbito geográfico latinoamericano, ha sido una región geográfica clave para Estados Unidos desde su aparición como Estado independiente. Prueba de ello es la temprana formulación de la Doctrina Monroe en 1823 como intento de preservar la seguridad nacional estadounidense, amenazada por las potencias europeas. Cabe destacar a este respecto que, once años antes, el Capitolio estadounidense había sido destruido por una ofensiva militar británica.

Si hubiese que jerarquizar geopolíticamente las prioridades estadounidenses por regiones, tal y como indican autores como John Mearsheimer y Stephen Walt, habría cuatro regiones clave. En tres de ellas, Europa occidental, el noreste de Asia y el Golfo, el objetivo sería mantener el equilibrio de poder y evitar su control por otra potencia principal. En la cuarta, el hemisferio occidental, Estados Unidos mantiene una situación de hegemonía no disputada por potencias domésticas ni externas que ya consiguió en el siglo XIX y cuyo objetivo último en política internacional sería su mantenimiento (Mearsheimer y Walt, 2016, pp. 72-75).

Aunque estos autores actuales lo aplican a su propuesta de estrategia de offshore balancing, su planteamiento coincide con los fundamentos de la geopolítica clásica estadounidense. Ya Nicholas Spykman (1942, pp. 65-89 y 446-472) en la primera mitad del siglo XX había planteado al hemisferio occidental como el eje último de defensa frente a los enemigos de Estados Unidos durante la II Guerra Mundial. En ambos casos, no obstante, califican de aislacionistas a aquellos que quieren mantener en el hemisferio occidental la situación de hegemonía de poder y no interesarse en el equilibrio de poder de las restantes regiones mencionadas.

Estados Unidos se consolidó como la potencia hegemónica regional ya en el siglo XIX. Separada por dos océanos de cualquier otra gran potencia y con dos vecinos débiles rodeándole, no tuvo excesivos problemas en convertirse ya a finales del siglo XIX en la primera potencia industrial del mundo. La derrota de España en 1898 consolidó su rol como potencia global, pero hasta la I Guerra Mundial su principal eje de intervención sería su propio continente. Prueba de ello fue la formulación del corolario a la Doctrina Monroe de Theodore Roosevelt en 1904, que convertiría en imperialista una doctrina que había sido originalmente pensada para salvaguardar la seguridad nacional estadounidense.2

Las intervenciones del presidente Wilson en el Caribe y México continuaron con esta senda, aunque los asuntos europeos adquiriesen una importancia cada vez mayor como resultado de la guerra.

El inicio de la Guerra Fría y la competición cada vez más descarnada con la Unión Soviética otorgaron de nuevo relevancia al hemisferio occidental. En particular tras la crisis de los misiles de Cuba, que puso en peligro la propia supervivencia estadounidense. Esta se reflejó en la formulación de doctrinas como la de Kennedy o Johnson y en intervenciones como la de Santo Domingo de 1965. La política seguida para implementar la contención en el hemisferio occidental, en la que los golpes de Estado u operaciones de fuerzas especiales no estuvieron precisamente ausentes, generó una imagen bastante negativa de esta potencia, que perduraría en el tiempo. No obstante, hubo administraciones, como las de Carter o Reagan, que ya plantearían un giro hacia posiciones relacionadas con los derechos humanos y la democracia. En este último caso la gran excepción sería Nicaragua y el apoyo concedido a las famosas contras en su lucha contra el gobierno sandinista (Tovar Ruiz, 2017, pp. 58-82 y 96-128).

No obstante, el fin de la Guerra Fría no hizo desaparecer el intervencionismo estadounidense, que daría algunos ejemplos en esta etapa de cambio como los supuestos de Panamá o Granada.

Tras la caída de la URSS las prioridades estadounidenses se modificaron. De la competición realista por la seguridad y el poder de la Guerra Fría se pasó a prioridades de naturaleza liberal como la expansión de la democracia liberal como forma de gobierno y la comunidad de países con la economía de mercado. De igual forma, otras regiones como Europa oriental o el Próximo Oriente adquirieron una mayor relevancia (Lake, 1993).

El hemisferio occidental, en ausencia de rivales sistémicos, quedó vinculado a prioridades que tendrían mayor vinculación con la política doméstica. Entre ellos la inmigración ilegal, la lucha contra el narcotráfico, la promoción de valores e ideales o las relaciones económicas y comerciales. Únicamente Cuba quedó como herencia de la etapa anterior sometida al bloqueo y en una situación cada vez más difícil desde la caída de la URSS. No obstante, hubo determinados momentos donde el punto de atención se abrió de nuevo.

Este fue el caso de Haití, que en 1994 volvió a acaparar la atención después del golpe de Estado que derribó al presidente Aristide, elegido democráticamente, y de la crisis de refugiados que lo siguió. El presidente Clinton, amparado en la necesidad de “promover la democracia en nuestro hemisferio”, presionó logrando la renuncia del presidente Raoul Cedrás y el retorno de Aristide. Tras lo cual, de acuerdo con el contexto de las intervenciones humanitarias del momento, se estableció una misión de Naciones Unidas y un proceso de state-building, que acabó en un sonoro fracaso tras décadas de esfuerzo. Hubo algunas excepciones, como el famoso plan Colombia, donde la administración de George W. Bush continuó la iniciativa de Clinton apoyando al Estado frente a grupos guerrilleros como las FARC (Clinton 1994; Tovar Ruiz, 2014, pp. 93-114; Casa Blanca, 2002, p. 10).

La guerra contra el Terror determinó las prioridades estadounidenses, centradas en el Próximo Oriente. No obstante, la pervivencia del caso cubano y la emergencia de la Venezuela chavista generaron un nuevo foco de atención, aunque secundario, en la región. El fracasado intento de golpe de Estado de 2002, del que se acusaría a Estados Unidos, España y Reino Unido constituiría un ejemplo de estas incipientes tensiones.

La administración Obama, centrada en la elaboración de su giro hacia el Pacífico, tampoco tuvo al hemisferio occidental como su escenario regional prioritario. El protagonismo de Brasil, integrado por Goldman Sachs en el acrónimo BRICS, hizo que este Estado adquiriese un papel mayor en los objetivos estadounidenses dentro de la región. No obstante, además de China, los problemas surgidos en Europa oriental y la deriva de las Primaveras Árabes y del ascenso del Estado Islámico en el Próximo Oriente, obligaron a la administración a centrar su interés en estas regiones.

Tan solo la apertura hacia Cuba, bajo la iniciativa de su asesor Ben Rhodes pareció otorgar un mayor protagonismo a los asuntos regionales durante el final de su segundo mandato. Si bien la supresión del bloqueo no fue una salida posible, debido a la oposición republicana en el Congreso, la apertura de una embajada y el alivio de las sanciones parecieron abrir la puerta a una mayor interlocución (Rhodes, 2019, pp. 263-267 y 373). No obstante, la llegada del presidente Donald Trump en su primer mandato dio al traste con los objetivos planteados por esta y con el propio legado de Obama.

1.2. El hemisferio occidental durante la primera administración Trump y la presidencia de Joe Biden

La primera administración Trump no pareció preocuparse demasiado por el hemisferio occidental en el momento inicial del mandato. Sus esfuerzos se dirigieron a espacios geográficos diferentes como el Próximo Oriente, donde fortaleció su relación con aliados tradicionales como Israel y Arabia Saudí. En especial tras la cancelación del acuerdo nuclear con Irán. La política comercial con aliados y adversarios, en especial China, fue otra de sus principales preocupaciones originales.

En su Estrategia de Seguridad Nacional de 2017 (Casa Blanca, 2017, p. 51), la región aparecía en un cuarto lugar de importancia, por detrás del Indopacífico, Europa y el Próximo Oriente. Entre las principales preocupaciones para la seguridad y estabilidad regional destacan fenómenos como la delincuencia transnacional, especialmente el tráfico de drogas, la inmigración ilegal o la revisión de los acuerdos de comercio. Si bien la preocupación por el creciente rol de grandes potencias externas como China o Rusia es mencionada, en especial con relación al apoyo a regímenes como el de Venezuela, la visión que parece predominar es bastante complaciente y marcada por el triunfo de la democracia y el Estado de Derecho en una situación de prosperidad y paz.

Esta visión, sin embargo, se fue modificando con el paso del tiempo. Sobre todo por los importantes cambios introducidos por los miembros de la administración que sustituyeron a los adults de la primera mitad de su mandato. La figura más destacada fue la de John Bolton, antiguo embajador en Naciones Unidas con George W. Bush y consejero de Seguridad Nacional en el primer mandato de Trump.

Bolton introdujo una creciente focalización en los regímenes autoritarios de la región, concretamente en Nicaragua, Cuba y Venezuela. A este respecto es especialmente llamativo su discurso de 2018 sobre la “troika de la tiranía” (Bolton, 2018). Aunque la expansión de la democracia liberal nunca fue un objetivo expreso para la administración y sí utilizado como crítica a la política exterior tradicional de las élites estadounidenses, la naturaleza no democrática de estos regímenes y su vulneración de los derechos humanos fue utilizada, junto con el apoyo a potencias externas como China o Rusia, para el desarrollo de una política más enérgica.

De manera particular destaca el posicionamiento seguido con relación a Venezuela, donde se apoyó al candidato de la oposición y presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, Juan Guaidó, como presidente interino del país caribeño frente a Nicolás Maduro. En determinado momento incluso se aparentó coquetear con la idea de una intervención. Si bien esta iniciativa tuvo un cierto seguimiento regional e internacional, el apoyo estadounidense y europeo acabó decayendo y el régimen mantuvo el control sobre las instituciones. A este respecto la propia salida de Bolton de la administración acabó incidiendo en la posición estadounidense, debilitando el apoyo a la oposición venezolana y contra el régimen. A la ausencia de Bolton pronto se añadió la pérdida de interés del presidente por la falta de resultados de esta vía. En sus memorias, Bolton reflexiona sobre el fracaso que supuso esta política, que atribuye a la ruptura de unidad provocada por los errores de una oposición sin experiencia, el acobardamiento de los sectores del régimen que negociaban con Estados Unidos, la falta de asesores estadounidenses sobre el terreno y el cinismo de cubanos y rusos (Bolton, 2020, p. 285).

La elección de Jair Bolsonaro, quien buscó emular a Trump en Brasil, fue otro elemento de interés a la luz de la sintonía ideológica entre ambos dirigentes y movimientos, aunque no se le otorgase la misma prioridad que a la lucha contra los regímenes autoritarios ya citados.

La región no ocupó un lugar destacado entre las prioridades de Trump durante el final de su primer mandato, más preocupado por los efectos de la crisis del coronavirus, las relaciones con China y el éxito diplomático de los Acuerdos de Abraham.

La presidencia de Biden tampoco marcó grandes cambios en la política regional estadounidense. Esta administración, marcada claramente por una línea liberal con algunos elementos realistas entre sus integrantes, todos de un perfil y procedencia bastante similar, se centró esencialmente en buscar la salida del conflicto de Afganistán primero y en lidiar con la invasión rusa de Ucrania y con la reacción israelí a los ataques de Hamás en Gaza, después.

La política regional, tal y como se recoge en los dos documentos estratégicos principales de la administración: la Guía Interina para la Seguridad Nacional y la Estrategia de Seguridad Nacional de 2022 mantuvo importantes continuidades con Trump (Casa Blanca, 2021, p. 10; Casa Blanca, 2022, pp. 40-41). En ambos casos el hemisferio occidental aparece en el tercer lugar de prioridades, después del Indopacífico y de Europa y antes que el Próximo Oriente y África. La preocupación que plantean ambos documentos se centra en elementos transnacionales como la lucha contra el crimen organizado y las pandemias o valores como los del desarrollo o la promoción de la democracia. La política comercial también ocupa un lugar importante en las prioridades de la administración. La importancia otorgada a los Estados autoritarios como Cuba o Venezuela es menor que en los últimos años de la primera presidencia de Trump y se concreta en la preocupación por la vulneración de derechos humanos. También se menciona el papel de las grandes potencias, aunque de forma limitada como “actores malignos externos”.

Cabe destacar que un elemento bastante destacado de esta etapa es que la Guerra de Ucrania, a pesar de las evocaciones de la administración a la defensa del orden liberal internacional y de la democracia frente a la amenaza de las autocracias, supuso una suavización de la presión sancionadora sobre el régimen de Venezuela, ante la amenaza inflacionaria provocada por la subida de precios de la energía como consecuencia directa del conflicto. En cambio, pese a las expectativas sobre un cambio de política hacia Cuba que recuperase el acercamiento del presidente Obama, el giro en esta materia nunca se produjo. La política de fortalecimiento de las condiciones que hacen posible la democracia sí se concretó en el caso de Brasil, donde la Administración apoyó el posicionamiento del gobierno de Lula y condenó el intento de golpe de Estado de 2023 (Biden, 2023), que trajo ciertas evocaciones a la toma del Capitolio estadounidense de 2021.

Un fenómeno de tradicional preocupación estadounidense como fue el del control de la inmigración ilegal y de la frontera sur, sí fue un factor relevante en las elecciones de 2024 (Jones, 2024), que acabaron con la derrota del presidente Biden y el retorno de Donald Trump a la presidencia en enero de 2025, con algunos cambios estratégicos significativos respecto de su política previa.

2. El hemisferio occidental en la política exterior del segundo mandato de Trump

El regreso al poder del presidente Trump en 2025 tuvo importantes implicaciones para la política regional de Estados Unidos. En este aspecto los importantes cambios de esta política no solo van a venir respecto de su inmediato predecesor sino también de lo sucedido en su primer mandato. En este sentido es conveniente ver los fundamentos ideológicos y el equipo que integra su nueva administración, a efectos de poder comprender las razones que lo explican.

Desde un punto de vista ideológico, la segunda administración Trump ha mantenido las preferencias jacksonianas que fueron características de su primer mandato. Los elementos que permiten caracterizar sus preferencias en política exterior como parte de esta corriente se mantienen. Entre ellas destacan su posición escéptica respecto de las organizaciones y el derecho internacional, su crítica a una parte de las élites estadounidenses, las políticas proteccionistas a nivel comercial, la defensa de Israel y su actitud enérgica frente a los enemigos de Estados Unidos, que percibe que vulneran su código de honor, como Irán (Mead, 2002: 218-263; Varadarajan; 2025; Dieste, 2025).

No obstante, también se han producido importantes cambios en aspectos clave como el de su posición sobre las guerras interminables y se ha escorado hacia una postura claramente intervencionista, que contradice algunos de sus postulados ideológicos previos más importantes. Un punto que va a afectar al hemisferio occidental de una manera central y que puede explicarse en mayor medida por los cambios en la composición del equipo del presidente estadounidense.

En el primer mandato la política exterior de la administración Trump estuvo marcada por la relevancia de los adults, figuras vinculadas al establishment de la política exterior estadounidense que no necesariamente se plegaban a las preferencias del presidente. Este era el caso del secretario de Estado, Rex Tillerson, de los militares, Herbert McMaster, James Mattis y John Kelly o del CEO, Gary Cohn. Incluso la figura de Bolton, a pesar de su rechazo al papel de los anteriores en sus memorias, jugó un rol que a menudo lo aproximó a estos decisores en ámbitos como el de las alianzas de las que Estados Unidos formaba parte y cuya pertenencia consideraba necesaria, caso de la OTAN. Únicamente Mike Pompeo pudo situarse en una posición diferente, por su mayor tendencia en complacer las preferencias del presidente, aunque no repitiese en la segunda administración (Bolton, 2020, p. 1; Mann, 2017).

En el segundo mandato la procedencia y preferencias de los integrantes de la administración fue muy distinta al primer mandato. En su mayor parte, los dirigentes más relevantes en seguridad nacional y política exterior vienen del mundo de la política. A este respecto tanto el vicepresidente J. D. Vance como el secretario de Estado, Marco Rubio, la directora de inteligencia Tulsi Gabbard o el primer consejero de Seguridad Nacional y luego embajador en Naciones Unidas, Mike Waltz, comparten esta procedencia. Además, la mayor inclinación de estos líderes a satisfacer las preferencias del presidente estadounidense, los sitúan en un marco muy distinto al de los adults del primer mandato. Punto al que se añade la mayor experiencia del propio presidente, que ya conoce los resortes del poder en mucha mayor medida que durante sus primeros años de presidencia (Lindsay, 2024).

El discurso electoral del presidente Trump no parecía inclinar a la administración estadounidense a una mayor focalización en los asuntos hemisféricos, más allá de puntos clave para los intereses domésticos como el control migratorio o la lucha contra el narcotráfico, por mucho que se esperase un endurecimiento de su posición frente a regímenes autoritarios como los de Cuba o Venezuela, siguiendo la estela de su primer mandato. Sin embargo, su importancia se demostraría muy superior también a la recomendada por los cargos más destacados en el pensamiento de las Relaciones Internacionales de la administración como Elbridge Colby, subsecretario de Defensa para Políticas en el Departamento de Defensa. En este caso, únicamente se menciona Norteamérica y no el hemisferio occidental, cuya importancia sería inferior a las de Asia y Europa, situándose en un tercer lugar (Colby, 2022, p. 5).

A este respecto el rol protagónico asumido por Marco Rubio ha tenido un papel central en este cambio. A diferencia de otros miembros de la administración como el vicepresidente Vance, que simpatizan con otras visiones del mundo como el ya citado jacksonianismo, Rubio ha tenido importantes simpatías por el movimiento ideológico neoconservador y el desarrollo de una política enérgica frente a países como Cuba y Venezuela ha estado entre sus objetivos. Cabe destacar que, con el paso del tiempo, este dirigente ha asumido un papel mucho más relevante con la asunción de dos importantes cargos dentro de la administración: el de consejero de Seguridad Nacional y secretario de Estado. Un hecho que no se veía desde la etapa de Henry Kissinger, durante la presidencia de Richard Nixon. Esto no quiere decir que tuviese la misma influencia que el citado dirigente, pero es indudable que se ha convertido en uno de los dirigentes de la administración más importantes en la materia y la principal figura de la administración centrada en el hemisferio occidental (Rubio, 2015; Filkins, 2026).

Rubio ha confrontado a otros miembros de la administración, también con cierta experiencia diplomática, como es el caso del exembajador en Alemania, Richard Grenell. Este último, que ocupó el papel de enviado especial para los conflictos internacionales, desempeñó un papel destacado en los primeros momentos de la administración, llegando a establecer una cierta interlocución con el régimen de Maduro que llegó a producir algunos resultados. A modo de ejemplo cabe destacar la recepción de vuelos de deportación de inmigrantes ilegales venezolanos detenidos en territorio estadounidense (Ryan et al, 2025).

Grenell fue el principal defensor de una posición dialogada para lidiar con Nicolás Maduro, a efectos de obtener resultados en el cumplimiento de los objetivos de la administración. Esta posición confrontaría con la de Marco Rubio, claramente partidario de una opción enérgica. Finalmente, esta última resultaría ganadora y el presidente Trump, que ya en su anterior mandato había buscado la salida del régimen venezolano, acabó apoyando la opción de una salida forzada del presidente venezolano.

Es en este momento cuando se publicó la Estrategia de Seguridad Nacional de la administración (2025, pp. 15-19), que plantea los principales objetivos globales de la segunda administración Trump en política exterior. Un documento que no está exento de controversia. Esta se ha producido de manera especial en lo que respecta a regiones como Europa, marcados por un enfoque ideológico y crítico con las posiciones políticas tradicionales de sus gobiernos y con la propia Unión Europea en sí misma. A nuestros efectos cabe destacar que el hemisferio occidental adquiere un rol protagónico.

El documento reequilibra la relevancia geopolítica de las diferentes regiones, no solo respecto de pasadas administraciones de otro signo, sino también respecto del primer mandato de Trump. De tal forma, el orden de prelación se modifica y el hemisferio occidental se coloca en primer lugar frente al Indopacífico, que ocupa el segundo lugar, Europa el tercero y el Próximo Oriente en un cuarto lugar. Este orden debe ser, no obstante, relativizado dado que el conflicto más importante hasta el momento del segundo mandato de Trump, el de Irán, se produce precisamente en esa región. Esta clasificación es llamativa porque si bien es acorde con lo planteado por los geopolíticos clásicos de la política exterior estadounidense como Spykman, tal y como vimos, rompe con lo planteado con los autores más recientes que situaban al Indopacífico como campo de batalla central y al hemisferio occidental como última línea de defensa.

Al analizar los intereses estadounidenses en el hemisferio occidental, la estrategia se fundamenta doctrinalmente en lo que se denomina como “el corolario de Trump a la Doctrina Monroe”. Fundamentado en esencia no en la Doctrina Monroe como tal sino en el corolario de Theodore Roosevelt. Entre sus objetivos se plantea denegar el acceso a la región a competidores no hemisféricos, no mencionados expresamente, pero que podrían ser identificados de manera clara con China y Rusia. También controlar los flujos migratorios y el tráfico de drogas y fortalecer la estabilidad de la región.

Para ello se plantea alistar a sus aliados regionales para cumplir con estos objetivos, pero también expandir sus redes en la región. La preeminencia estadounidense en la región se define como una condición para la propia seguridad y prosperidad de la potencia norteamericana. Reconoce que parte de la influencia exterior en el hemisferio occidental será difícil de revertir por la vinculación política de algunos gobiernos latinoamericanos con potencias extranjeras, pero que, a menudo, esto no tiene que ver con alineamiento ideológico, sino económico y de reducción de costes al hacer negocios y que busca involucrar al sector privado en la consecución de sus objetivos.

Este análisis será incorporado también a la Estrategia de Defensa Nacional, que comparte la jerarquización recogida en la Estrategia de Seguridad Nacional, aunque con un contenido menos ideológico. Destaca el hemisferio occidental como principal escenario estratégico y critica a administraciones anteriores por dar la preeminencia estadounidense por segura. Recoge nuevamente la evocación al corolario a la Doctrina Monroe e identifica entre las amenazas para Estados Unidos a la inmigración ilegal, el narcotráfico y, especialmente, a la creciente presencia de potencias externas como Rusia o China. De igual forma, defiende la cooperación con vecinos como Canadá y México para afrontar algunos de estos desafíos y remarca la relevancia de espacios estratégicos como Groenlandia, el canal de Panamá o el Golfo de México (Departamento de Defensa, 2026, pp. 8-9 y 19).

A menudo las Estrategias de Seguridad Nacional no siempre han funcionado como guía de los fundamentos de la política exterior de un gobierno concreto. En el caso de Trump, tal y como se ha destacado, tampoco lo ha hecho en todos sus aspectos. Sin embargo, el apartado relativo al hemisferio occidental pareció cobrar bastante realidad con la operación militar puesta en marcha por la administración Trump para capturar al presidente venezolano, Nicolás Maduro, y trasladarlo a Nueva York para enjuiciarlo por actividades relacionadas con el narcotráfico. Acción que, de hecho, la Estrategia de Defensa Nacional menciona expresamente como ejemplo de lucha contra el narcotráfico.

La operación fue defendida, no como un gran operativo para producir un cambio de régimen, sino una acción quirúrgica para llevar a la justicia a una persona acusada de delitos relacionados con el narcotráfico. Esta intervención se produjo tras varias conversaciones directas del presidente Trump con Nicolás Maduro, donde este último rechazó su salida del poder. La operación militar estaba decidida con antelación y tan solo esperaron al momento adecuado para su ejecución. En cualquier caso, y defendiendo la necesidad de evitar un escenario como el de la guerra de Irak de 2003, se decidió dejar el régimen en pie y únicamente se cambió a la figura que lo encabezaba. Delcy Rodríguez asumió la presidencia y si bien en sus declaraciones afirmó que no se plegaría a los dictados estadounidenses, en la práctica sus acciones han ido adaptándose a las preferencias del presidente de Estados Unidos. Decisiones como la liberación de presos políticos o relativa a la industria petrolera así lo han confirmado. Este último punto, que debe ser relacionado con la exclusión de Estados hemisféricos y potencias extra hemisféricas que antes tenían un papel destacado en su comercio como Cuba, Rusia o China, se ha identificado por el presidente estadounidense como un punto de relevancia (Hernández-Roy, 2026). También como un posible primer paso antes de la caída del régimen de Cuba, muy afectada por la interrupción de la llegada del petróleo venezolano.

Más controvertida ha sido, sin duda, la relación de este cambio con el papel que debería jugar la oposición, encabezada por María Corina Machado, artífice de la victoria electoral que se le atribuye en 2024. Las declaraciones de Trump descartando un papel inicial para esta dirigente política han levantado críticas sobre las intenciones reales de la administración. Aunque posteriormente se han producido reuniones y tanto Trump como el secretario de Estado Marco Rubio han abierto la puerta a un papel para ella en el futuro de Venezuela, es algo que todavía está por ver. La líder de la oposición, en cualquier caso, ha tratado de lograr el apoyo del presidente estadounidense, llegando incluso a regalarle el premio nobel de la paz, con el que fue galardonada en 2025.

El modelo venezolano de cambio de la cabeza del régimen ha sido defendido por la administración Trump en otros escenarios (Bergengruen y Ward, 2026). A modo de ejemplo, se llegó a especular con su aplicación al caso iraní, donde se desencadenó una nueva intervención en febrero de 2026. A pesar de que la dificultad de este caso es mucho mayor que la del país caribeño, el modelo planteado fue similar y, de nuevo, el candidato opositor que se ofrecía para el cargo, el hijo del antiguo sha, fue descartado en favor de un candidato doméstico con más apoyo. También se ha llegado a defender que el éxito obtenido en Venezuela animó a Trump a seguir adelante con su política intervencionista pese a sus declaraciones anteriores sobre las “guerras interminables” y las considerablemente mayores dificultades que afronta en el Próximo Oriente.

La agenda del presidente Trump en el hemisferio occidental también ha tenido una importante línea doméstica e ideológica. Prueba de ello fue la Cumbre del Escudo de las Américas, que reunió a algunos de los principales aliados del presidente Trump, entre ellos el presidente de Argentina, Javier Milei o el de El Salvador, Nayib Bukele. Precisamente uno de los asuntos centrales de este evento fue el de luchar contra los carteles de la droga en la región (Trump, 2026). Cabe mencionar que tanto Milei como Bukele se han beneficiado del apoyo de Trump, en el caso del primero con la concesión de un préstamo que facilitó su victoria en las elecciones legislativas de 2025, y en el de Bukele, por el apoyo a la política migratoria de Trump y el internamiento de parte de los inmigrantes deportados desde Estados Unidos.

En el caso de México, país importante para los intereses estadounidenses, si bien ha tenido una política menos confrontativa que la del primer ministro de Canadá, no ha estado exento de la necesidad de realizar equilibrios políticos. La presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, ha tenido que gestionar las presiones para una política más enérgica hacia los grupos de narcotraficantes que operan en el país, endureciendo selectivamente su postura mientras rechaza retóricamente el intervencionismo estadounidense en la región de acuerdo con la postura tradicional de su país, y maniobrando para preservar el acuerdo de libre comercio T-MEC (Sheinbaum, 2026). Respecto de la intervención estadounidense en Venezuela, la reacción brasileña fue similar a la mexicana, aceptando de forma pragmática los acontecimientos y al gobierno encabezado por Delcy Rodríguez (Castro y Galarraga Gortázar, 2026).

Un punto que cabe destacar dentro de esta política es el asunto pendiente de Cuba. Aquí la opción que parece haber preferido el presidente Trump es la de permitir que la grave crisis económica que atraviesa el régimen lo hunda desde dentro. Especialmente agravada por el fin de las entregas de petróleo venezolano para el sostenimiento económico de la isla. No parece, por el momento, más allá de declaraciones enérgicas, que Estados Unidos tenga una gran apetencia por la intervención directa. De hecho, se ha llegado a plantear la posibilidad de que, aunque el presidente Díaz-Canel saliese, los integrantes de la familia Castro pudiesen permanecer en la isla. También que se priorizarían las reformas económicas sobre las políticas. Un punto que coincide de nuevo con el modelo venezolano y que plantea que valores estadounidenses tradicionales como la democracia liberal no constituyen la guía central de acción de la administración en el resurgimiento particular de estas políticas de “cambio de régimen” (Svirnovskiy et al., 2026).

3. Conclusiones

Si existe un punto que ha causado mayor perplejidad y ha supuesto un punto de ruptura importante en la política exterior de la segunda administración Trump respecto de sus predecesores y de su primer mandato ha sido la orientación hacia el hemisferio occidental. Desde el final de la II Guerra Mundial, el hemisferio occidental pasó de ser el elemento central esencial en torno al cual giraba la política exterior estadounidense a un escenario prioritario por razones de política doméstica. Durante la Guerra Fría recuperó un lugar destacado como consecuencia de la crisis de los misiles de Cuba, pero ya no era el eje central de actuación estadounidense por comparación con el escenario europeo o, en menor medida, el de Asia.

El fin de la posguerra fría acentuó aún más el papel de la región como escenario secundario y ligado a las prioridades domésticas o a la expansión de ideales y valores como la democracia liberal o los derechos humanos. La ausencia de potencias rivales y el papel indiscutido de hegemonía de la potencia norteamericana facilitaron este hecho. Ni siquiera cuando el crecimiento de China dibujaba a la potencia asiática como un rival de peso, el papel del hemisferio occidental creció. Los principales líderes estadounidenses priorizaron el escenario indopacífico, donde la competición más descarnada iba a producirse. El hemisferio occidental sí podría convertirse, tal y como plantea Mearsheimer, en un nuevo espacio de rivalidad en caso de que la potencia asiática desplazase a Estados Unidos en el Pacífico y se constituya en la potencia dominante en la región. Este espacio recuperaría, en ese caso, una posición similar a la que tuvo en el siglo XIX como objeto central de interés (Mearsheimer, 2014; Tovar Ruiz, 2021, pp. 162-163).

Al no haberse producido este hecho, la ruptura producida con la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 y la recuperación del corolario a la Doctrina Monroe no parecen fundamentarse en razones de naturaleza sistémicas sino de política doméstica y, concretamente, como resultado del proceso de toma de decisiones interno de la administración y de las preferencias de sus principales líderes. A este respecto la renovada preeminencia regional, reafirmada por los señalamientos del presidente estadounidense hacia el caso cubano, puede ser bien explicada por los planteamientos del realismo neoclásico. Si la lógica sistémica, apoyada además por los análisis de miembros de la propia administración, como Elbridge Colby, habría llevado al planteamiento de una priorización del Indopacífico frente a otras regiones dada la importancia del ascenso de China y la consecuente necesidad de contenerla en la región donde este fenómeno se produce, la primacía del hemisferio occidental supone una anomalía respecto del planteamiento de la teoría neorrealista que debía ser explicada y en el que la capacidad de este marco teórico para integrar las dinámicas políticas domésticas constituye un instrumento esencial de análisis.

A este respecto cabe destacar el papel jugado por Marco Rubio, claramente defensor de una posición de preeminencia del hemisferio occidental, que asumió al mismo tiempo los roles de secretario de Estado y consejero de Seguridad Nacional. Si, contra sus preferencias pasadas, la guerra de Ucrania ha pasado a un segundo plano de relevancia, este no ha sido el caso del hemisferio occidental, donde su influencia a la hora de situarlo como escenario estratégico clave ha sido decisiva frente a otros integrantes de la administración.

El análisis sobre este importante cambio estratégico y la influencia de los factores domésticos, por tanto, constituye un caso de enorme relevancia que merece su inclusión entre el conjunto de supuestos destacados en los que el realismo neoclásico demuestra su capacidad para explicar y para corregir las anomalías y deficiencias en los que un análisis neorrealista puede incurrir.

Aunque no ha sido mayoritariamente compartido por los analistas que han estudiado la política exterior estadounidense contemporánea, este posicionamiento no está exento de una cierta lógica geopolítica histórica que coincide con autores clásicos como Spykman. También con ciertas lógicas que nos retrotraerían a los intentos fallidos de John Bolton durante la primera administración Trump para poner fin al régimen bolivariano. De hecho, sin el apoyo final del presidente Trump como decisor último, este giro geopolítico no hubiese sido posible.

La aplicabilidad de la estrategia en el apartado relativo al hemisferio occidental ha quedado demostrada con la captura de Maduro y las presiones a Cuba para realizar cambios dentro del régimen. Sin embargo, la ruptura con los documentos estratégicos de otras administraciones, incluyendo la primera administración Trump, plantean cuestiones sobre su pervivencia a largo plazo. En especial por la carencia de argumentos sistémicos dado el rol limitado que, de momento, han jugado Rusia y China. También por las acciones de la administración en escenarios como Irán, que contradicen el cuarto lugar que teóricamente ocupa el Golfo en ese documento.

Asimismo, ha planteado riesgos importantes en el corto plazo. Es muy probable, como afirma Emma Ashford (2026), que el éxito producido en la captura de Maduro haya animado al presidente Trump a proseguir una política arriesgada de cambio de régimen, cuanto menos parcial, que le ha llevado a desencadenar una guerra contra Irán mucho más difícil de ganar. También generó una importante preocupación entre sus aliados europeos por las consecuencias que podría tener para el caso de Groenlandia, cuya cesión ha reclamado la administración estadounidense. Finalmente, la impopularidad del intervencionismo estadounidense en la región podría erosionar la imagen estadounidense frente a la de sus rivales y, con ello, la consecución de sus principales objetivos estratégicos.

En conclusión, la relevancia del hemisferio occidental como elemento prioritario para la potencia norteamericana ha supuesto un cambio estratégico radical a corto plazo que se explica más por cuestiones de política doméstica que por motivos sistémicos. Que este se mantenga en el tiempo más allá del segundo mandato de Trump, genera muchas más dudas.

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